Tú también me importas (Parte I)

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El día en que Mauricio recibiría a Fiorella en el apartamento por fin había llegado. Esa mañana, en cuanto el muchacho abrió los ojos, un cúmulo de sensaciones extrañas se adueñó de su organismo. Los latidos apresurados, las manos frías y la garganta seca eran síntomas inequívocos de un nerviosismo que desde hacía mucho tiempo no experimentaba. "¿¡Qué carajos pasa conmigo hoy!?" Se comportaba como si fuese a tener una cita por primera vez en la vida, lo cual estaba lejísimos de ser cierto. Ni siquiera se trataba de la primera cita que tendría con Fiorella. ¿Cómo era posible que sintiera tanta ansiedad por algo como eso?

Tras darle varias vueltas al asunto mientras llevaba a cabo su rutina diaria de ejercicios, se vio obligado a reconocer un hecho importante. El caos en sus emociones no se relacionaba con el encuentro en sí mismo, sino con las implicaciones de este. Iba a ser la primera vez que le permitiría a una chica entrar en su apartamento. A lo largo de los años, había llevado a distintas mujeres a una gran diversidad de lugares, desde galerías de arte y restaurantes exóticos hasta hoteles lujosos y clubes exclusivos. Sin embargo, ninguna de ellas había tenido la oportunidad de conocer el interior de su casa.

Desde el punto de vista de muchas personas, aquello les parecería una tontería frívola, pero para Mauricio era algo trascendental. Al permitir que la joven Portela cruzara esa barrera que él había mantenido levantada por tanto tiempo, estaba cediéndole el paso a una nueva etapa en su vida. Semejante cambio lo hacía sentirse aterrorizado, no podía negarlo. ¿Qué significaba Fiorella para él? Ni siquiera se atrevía todavía a hurgar demasiado entre sus pensamientos más profundos acerca del tema. Prefería tomar las cosas con calma, un paso a la vez.

Cuando sus cavilaciones comenzaron a tornarse más densas de lo que podía soportar, el varón las cortó de un solo tajo. Prefirió concentrar su energía mental en los preparativos para la esperada reunión. El día anterior, la muchacha le había enviado un mensaje para preguntarle cuál era el número de su habitación. Él se negó a dárselo, pero le prometió que se lo diría al día siguiente como parte de una sorpresa. Estaba seguro de que la chica no tenía ni idea de cómo iba a recibir la información solicitada. Una mueca de diversión se dibujó en el rostro de Mauricio al imaginarse la reacción de ella. La cara que pondría de seguro sería memorable.

Antes de poner su plan en marcha, miró el reloj en la pared de la sala. Eran las siete y quince de la mañana. Faltaban al menos treinta minutos todavía, quizás más, para que ella despertara, pues los domingos solía levantarse mucho más tarde que el resto de la semana. Si bien la cita estaba pactada para las doce, el chico quería darle la sorpresa en cuanto ella saliera al balcón para la sesión de canto matutino. Mientras eso sucedía, el chico se dispuso a tomar una ducha rápida, para luego prepararse un desayuno ligero. Cada cosa que hacía iba a un ritmo acelerado, casi frenético. La expectación lo tenía al borde de la euforia.

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Fiorella abrió los ojos muy despacio, como si recién despertara de un prolongado periodo letárgico. Las cosquillas de las suaves patitas de Salem sobre su pecho la desadormecieron varios minutos antes de que la alarma del teléfono sonara. El sueño de la chica había sido muy profundo después de su última conversación telefónica. Las charlas con su hermano siempre actuaban como un bálsamo que la transportaba a lugares paradisiacos en donde se olvidaba del presente.

Dos días atrás, la reaparición del más amargo de sus recuerdos la golpeó con mayor intensidad que otras veces. Aunque ella había aprendido a mitigar los nocivos efectos de esas memorias sin recibir ningún tipo de ayuda externa, no siempre lo conseguía. El peso de la culpa la tuvo sumida en un episodio de tristeza hasta que tomó la decisión de acudir a Lucas.

El joven comprendía las razones por las que la muchacha aún se torturaba, pero también tenía presente que su hermana era una mujer impresionante que no debería ser encasillada en el papel de la villana por una mala decisión. Siempre había sido y seguiría siendo su más grande amiga y su mayor fuente de inspiración. Jamás permitiría que los traspiés ocasionales destiñeran la viveza del corazón optimista y bondadoso que ella poseía desde pequeña. Con infinita paciencia, el chico le brindó afectuosas palabras de consuelo hasta ahuyentar el dolor y devolverle la sonrisa. Y ella, llena de agradecimiento, le reiteró de mil maneras distintas cuánto lo amaba y lo valioso que era su apoyo en esos momentos de recaída emocional.

Fiorella a cappellaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora