Despertar en el paraíso

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Una fuerte congestión y el frío de estar sola en la cama de Simon me despertó

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Una fuerte congestión y el frío de estar sola en la cama de Simon me despertó. Aún era de noche y había dejado de llover. Encendí la luz de la mesilla y rastreé con la mirada la habitación buscando mi ropa. No pensaba salir de la cama hasta que no la hubiera localizado. La puerta estaba abierta y oí el correr del agua en la ducha, al otro lado del minúsculo pasillo. Sonreí cuando la idea pasó por mi cabeza. Salí corriendo de entre las mantas, cogí mi ropa y entré en el baño. El cuarto era minúsculo y lo iluminaba un fluorescente parpadeante que colgaba del techo. Entre eso y que estaba lleno de vaho caliente, a penas distinguí la silueta de Simon al fondo. Me quité la poca ropa que llevaba y la dejé toda sobre la tapa del inodoro. Seguí el olor a gel de menta y le encontré. Ya se estaba aclarando la espuma de la piel cuando entré en la ducha y le abracé. Él me recibió con una sonrisa somnolienta y se movió para que el agua caliente me alcanzara. Aquello despejó mi mente y mis vías respiratorias. Después, Simon vertió un poco de champú en sus manos y me masajeó el cabello con él. Cerré los ojos deleitándome en aquella sensación, atrapando aquel momento.

—Es muy temprano. —Me riñó cariñosamente—. ¿Qué haces levantada?

—No puedo dormir si no estás en la cama. Hace demasiado frío —contesté relajada.

—Me has chafado la sorpresa, iba a prepararte un desayuno de reina. —Sonreí. Cualquier desayuno con él era digno de una reina.

Simon dejó que el agua de la ducha cayera sobre mi cabeza para llevarse los restos de champú. Estuve unos segundos allí quieta, aguantando la respiración, notando el agua caliente en mi nuca y mi frente.

—Sí que aguantas la respiración —dijo él divertido—. Te irá bien, ahora que eres la cantante oficial de los Black Stars.

Me aparté del agua y levanté la vista. Incluso ojeroso y con cara de sueño, me parecía irresistible.

—¿Quieres que te lave el resto del cuerpo?

Iba a decir que sí cuando Simon se apartó del agua con un respingo y un grito desgarrador. Yo conseguí apartarme a tiempo de que no me chafara contra la pared y al comprender lo que pasaba me puse a reír como una loca.

—¡Maldito calentador! —gritó alargando un brazo y cogiendo una toalla que colgaba de un gancho en la pared, cerca de la ducha— ¿De qué te ríes, eh? —Me riñó aparentando seriedad, pero sin poder evitar la risa—. Ahora te va a tocar ducharte con agua fría.

Se enrolló la toalla en la cintura y salió, dejándome sola tras la mampara. Lo que él no sabía era que yo ya sabía lo que era ducharme con agua fría porque alguien, en mi caso Emmelie, siempre acababa con el agua caliente. Así que mientras él se secaba yo me enjuagué lo más rápido que pude y, con aire de «aquí no pasa nada», me lié en una toalla que Simon sacó del armario del baño. Abrimos un poco la puerta, para que el vaho se desvaneciera. Simon ya se había puesto su ropa de trabajo y buscaba el secador en el armario bajo el lavamanos.

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