Sophia Pierce.

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A las seis de la mañana ya estaba afuera del instituto. La puntualidad ha pasado de generación en generación. Es la norma principal de mi familia pero, yo soy excesiva.

Me senté en las escaleras y aproveché para estudiar. Mi día se resume en eso: estudiar, estudiar, estudiar. Quiero ser una gran doctora, como mi madre, la mujer más grandiosa e increíble del mundo.

Muy pocos alumnos estaban a mi alrededor. Aproveché a sentarme en uno de los banquillos para disfrutar de mi soledad. Hay personas que la detestan, yo no soy de esas. No me parezco a casi nadie. No me divierte lo que al resto. Pero me siento bien así.

Unos gritos hicieron que mi atención se dispersara. De un carro antiguo (desconozco la marca), se bajó una chica. Nunca la había visto y tengo memoria fotográfica, no olvido los rostros. Del puesto del piloto se bajó un hombre. Discutían con fuerza, hasta que la empujó. "Muévete inservible, eres una desgracia", le dijo el hombre de unos tal vez cincuenta años. "Alcohólico, desempleado, golpeador de mujeres... ¿en serio eres digno si quiera de hablarme"?, la chica le devolvió el empujón y se dio la vuelta, perdiéndose en el interior del edificio.

Qué raro y qué triste cómo algunas familias están tan desfiguradas. Las palabras tienen un poder que no todos conocen y matan partes de nosotros que no pueden volver a nacer.

Sentí tristeza por esa chica de cabello marrón oscuro, medianamente largo, mirada destrozada, vestimenta "arriesgada" personalidad... todavía no podía saber cómo era su personalidad. Tampoco, que iba a dedicarse a hacerme el día imposible.

Es decir, algunas personas se meten conmigo. He rechazado incursiones a fiestas, esos rechazos me costaron, o mejor dicho, me valieron la inclusión en la lista de los perdedores a los que humillan verbalmente. Sí, sé que eso se llama bullying y qué hay que hablarlo. A mí no me molesta. Quiero graduarme. Tengo a dos amigos y es suficiente: Benjamin y a Paula. Considero que nos acercamos a las personas con las que tenemos que estar. Aunque a veces no. A veces es lo contrario. Tampoco es que sé mucho de la vida. Sólo que no me influye que me molesten.

Amo a mi familia y considero el instituto un lugar para pulirnos y poder acercarnos al futuro. Soy afortunada. Tengo todo lo que cualquier chica soñó y no me creo más que otros por tener dinero y una familia ejemplar.

Me odian porque me dejan la casa sola cada fin de semana. O mejor dicho, todos los días. Soy hija única, mis padres son doctores. Estoy sola el 98% del tiempo. Los chicos de mi instituto querían que hiciera fiestas. Que me drogara. Que utilizara mi dinero o el dinero de mis padres, para divertirme y yo siempre he querido estudiar.

En mi caso la medicina es mi vida y sé que para tener oportunidad tengo que dedicarme. Ya tengo la beca en la universidad de mis sueños. Es mi último año en el instituto y pronto, estaré viviendo la mejor aventura de mi vida: hacer lo que amo, en el lugar que he imaginado desde niña. La escuela médica de Harvard.

En verdad, no necesito nada más. Mi mamá y yo somos mejores amigas. Tengo tiempo para sumergirme en mis estudios y también en novelas durante tardes lluviosas, en el exterior de mi casa, con mis perros y gatos, con café, sueños del futuro y mi propio espacio.

Mis amigos me visitan y hablamos de todo, pero no necesitamos alcohol. Ellos no me molestan. Saben que soy de estar sola. Benjamin y Paula son novios desde los ocho años. Son las mejores personas que conozco. Y me aceptan así de rara como soy.

Díganme, ¿qué puede importarme que otros me critiquen? Soy afortunada y estar consciente hace que no desee nada más. O bueno, eso era así, hasta que conocí a Sophia Pierce.

Por cierto, me llamo Julie, bienvenidos a mi historia. De antemano, lo mío no son las letras, pero necesito contarles. Necesito contarle a extraños porque esta historia no puedo guardármela solo para mí.

Nota de autor:

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