Capítulo 8: Hablar es más complicado

11 3 0

No quería percibir nada, pero los escarmientos del escaso calor causaban con desdicha que sus pies se contrajeran por momentos. Quería llorar, pero un nudo extenso en la garganta se lo impedía por completo. Sensación que pocas veces percibió, puesto que su vida consistía en despintar muros con la mirada y plasmar letras tan huecas como un animal sin consciencia en restos de árboles muertos hacía décadas. Muros que se retorcían, que trataban de esquivarlo por el dolor que les causaba. Pero sus párpados no abrían. No podía, por más que deseara seguir andando como un alma sin rumbo hasta hallar ese maldito páramo de felicidad que sus sueños tanto habían presumido. Ese lugar negro y hueco, abundante en un relleno vacío, que imitaba casi a la perfección la oscura superficie de la luna que jamás se ve desde la tierra.

Y el silencio. Ay del silencio. Era algo que odiaba tanto como amaba. Cuando nadie exclamaba palabra, porque no sabían qué demonios decirle a una rata de mierda como él. A veces tan reconfortante como una lata de gaseosa, otras tan peculiar como un tarro de mayonesa artesanal hecha por su "abuela". La sensación misma de lo indescriptible, algo imposible de expresar con palabras. Y después estaba el lado malo, el que detestaba con el alma. Ése instante en el que le ignoraban para evitar la incomodidad, pero el infaltable aura de esta última nunca terminaba de desaparecer. Cuando no le tenían en cuenta, cuando le despreciaban, todo se reducía a eso. A apartarlo, sesgarlo como el idiota, el idiota descerebrado que sólo es un gran imaginador.

Pero tenían razón.

¿Cómo él, un estúpido niñato de mierda con alucinaciones, podía hacer algo bien? Estaba condenado al fracaso en la realidad. Y con la llegada de esta última que continuaba sacudiéndole, Adriel perdió toda esperanza. Nada del repugnante frenesí nocturno que solía protagonizar se detendría. Sí. Cerrar los ojos y evitar los problemas servía para el momento, pero... ¿Por cuánto duraría hasta que su cuerpo esté en el punto de quiebre?

Seguía tendido. Las fuerzas, ahora ínfimas, continuaban evaporándose conforme los minutos avanzaban y se revolvían como gusanos en la habitación, huyendo de él para llegar a la putrefacta realidad del exterior y fusionarse con esa mierda. Después de alimentarse lo suficiente de la carroña, esos gusanos se irían cual moscas para infectar a más gente con su estúpido aguijón. Giró con violencia, tratando de arrancar alguna clase de motivación para seguir adelante. Sólo un día más, y dormiría como desquiciado para viajar a la tierra prometida. Ni siquiera eran veinticuatro horas. No. Una docena y media de esas asquerosas unidades de medida le separaban de una realidad mucho mejor, perdida en un espacio infinito de nunca acabar.

Eso era lo irónico, se repetía a veces. Otras él se daba cuenta de por qué ese sitio le agradaba tanto.

Pero al final, era un desperdicio. Sólo cuando recordaba eso, una cólera le invadía de formas bruscas y toscas. Ese sentimiento de ser tan inútil solía anudarle la garganta tanto como las ganas de llorar. ¿Será que eso le apretaba la tráquea, en vez de la tristeza? ¿Que quería gritar a los cuatro vientos su estupidez y morir en la ignorancia en vez de llorar?

¿Acaso algo en su vida valía ser repudiado?

Una fina y melancólica voz caviló en los oídos del joven. Una voz, que aunque armoniosa, era tan seca y tosca como la arena, sin perder el brillo y la delicadeza de aquellos diminutos granos de piedra erosionados. Casi imposible era abstenerse de oírla, ya que cual caricia al alma se escurría dentro de sus sesos. Era una pregunta, una pregunta seria que apenas podía ser tomada como tal dadas aquellas circunstancias tan deplorables. La pantalla del sol ya no vomitaba sobre sus ojos, sólo los encandilaba como un foco débil para resaltar el hilo de las palabras etéreas:

— ¿Te encuentras bien?

***

Agustina observaba muy atenta el reloj colgado sobre el umbral del curso. Esperaba impaciente que las agujas bajo el cristal resquebrajado marcasen doce menos cuarto, que le indicaran que perdió otra mañana repasando los mismos temas inscriptos en cientos de manuales. Todos los alumnos de la clase fueron capaces de recuperar la voz una hora después de que el profesor de historia cediera su lugar a una dama joven, de cabellos cuyo color imitaban el bronce lustrado del pomo en la puerta del salón. Rosa era el nombre que solía invadir la cabeza de los alumnos cuando alguien la buscaba, pero era cierto que muy pocos recordaban que la silenciosa mentora lo pronunció sólo en la primera clase. Por sobre las negras ojeras de esta se extendían los anchos ojos del ameno rostro, dibujando un color marrón muy similar en apariencia al cabello.

Solía clavar las pupilas sobre Adriel, pero la boca nunca demostró gestos de repugnancia como muchos otros solían tener, ni chasquidos, ni muecas extrañas. Esos vistazos siempre causaban un profundo divague en la joven adulta dedicada a la enseñanza. Casi siempre, esta se frotaba el mentón con sutileza para disimular el trabajo de su mente, o recorría las grietas del muro que se hallaba detrás al darse cuenta de que Agustina le observaba. Ese día, la profesora llevaba un par de hojas amarillentas y arrugadas bajo el brazo al entrar. En la improvisada pizarra de concreto, escribió que debían formarse grupos de a dos personas y preparar una lección oral acerca del tema inscripto en las páginas arrugadas. Chasquido a chasquido, el reloj parecía retroceder en vez de avanzar. Las simples consignas se volvían engorrosas dudas con el pesado murmuro de los adolescentes en el aula. Un ruido que retumbaba por las paredes cada vez más fuerte, tanto así que parecían azotar el rostro de Agustina con cada ida y vuelta.

 Tres pisos bajo sus pies, a través de una infinidad de aulas infestadas por barullos inútiles cuyo origen se remonta a los alumnos; se hallaba el timbre. Sus componentes esperaban que algún portero presionara el botón desfasado para rechinar y rugir con su característico pitido agudo, que resonaba por casi el entero de la edificación.

Doce cuarenta y tres marcaban las agujas bajo la lámina de cristal cuando sonó estrepitoso. Los adolescentes, preparados de antemano para ese momento, se revolvieron en el curso, atropellándose para salir. Agustina se puso en pie por último, esperando a que el infantil frenesí de los demás por salir antes ya no estuviera dentro. Perdía un minuto para conseguir una calma mucho más arrolladora, puesto que estaban al final del pasillo y además, en el último piso. Los profesores solían hacerlo también, pocos tenían la fuerza suficiente para bajar las escaleras después de repartir clases a diestra y siniestra. Tampoco la callada Rosa se abnegaba a aquél fin último de la calma, a pesar de que apenas usara su voz si no para pedir silencio.

Agustina llevaba la mochila a cuestas y descuidó el rostro pensativo que siempre solía ocultar cuando Adriel faltaba. Ese idiota siempre se metía en líos, y no precisamente porque fuera tonto. ¿Qué podría haberle pasado para ausentarse? Más en un viernes, día en el cual ambos solían salir para pasear por las ruinas de la ciudad. Un día en el que ambos podían gozar de la libertad anticipada de fines de semana igualmente vacíos.

La profesora pudo entrever el semblante pensativo de la adolescente con el diminuto desliz, y le detuvo con una pregunta.

— ¿Te encuentras bien?

La más joven paró de un tirón seco justo por debajo del umbral. Dando media vuelta, con la mochila aun colgando del hombro, sopló un mechón de cabello que colgaba sobre su ojo izquierdo y respondió.

—Sí.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!