Parte sin título 40

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Capítulo 40

Lois gastó las seis balas. Alcanzó al chofer de una de las patrullas, quien perdió el control y colisionó con otra, quedando ambos vehículos varados. Los miembros del último vehículo que les escoltaban, fueron masacrados con todo y caballos; la primera ráfaga de balas y flechas fueron casi todas dirigidas a ese vehículo y apenas pudieron defenderse.

— ¿Qué puede hacer, Laka? —le preguntó la diona al tiempo que con gran intensidad se mordía y masticaba sus uñas—. ¿Laka? —volvió a preguntarle, esta vez dándole par de palmadas en la parte de atrás de su hombro izquierdo.

—Lois, sangre, sangre —gritó Yamirelis muy angustiada.

Luego de verificarle el pulso en su cuello, Lois dijo:

—Ea, está muerta.

— ¿Qué está muerta? Agarren el arpón y disparen, no, mejor no, plan b, esto se puso feo. Sujétense —ordenó el chofer.

Mucho humo blanco-grisáceo comenzó a salir por el silenciador de escape del vehículo. En cuestión de segundos se dispersó la humareda por un área considerable. Con gran agilidad y maniobrabilidad, el chofer dio al vehículo un giro de 180 grados. Las patrullas siguieron de largo, sin darse cuenta, persiguiendo con poca visibilidad al otro vehiculó de la coalición, cual hubo activado el mismo mecanismo. Cuando le hubieron dado alcance, unas millas más adelante, supusieron que el tercer vehículo lo habían dejado atrás, ya adentro del sector Vista al Este y que solo era asunto de informarlo...

—Eres el duro — le dijo Lois al chofer.

—El mejor. Ni en escenas de películas había visto algo así. A ciegas con todo ese humo. Un suertudo. ¡Un loco! — le dijo muy emocionada la adolescente.

—Soy un profesional.

Detuvo el automóvil frente a la bifurcación. Tomó el camino hacia el sector Laguna Grande. La alegría por la perfecta maniobra pareció desvanecerle al chofer al observar el cadáver de su compañera. Con su mano izquierda sobre el volante y con la derecha, le acariciaba el cabello a la guerrera caída en combate. Siguió así toda la ruta, sin decir alguna otra palabra adicional.

En el sector Laguna Grande no se veía persona alguna ni en las calles ni en las aceras. Ni siquiera asomadas por las ventanas. Todos obedecían el toque de queda anunciado por el sonido de las sirenas de los postes. Una patrulla les pasó de largo, en dirección contraria iba. Refuerzos de todos los sectores para tratar de localizar a los fugitivos en el sector Vista al Este.

Pasaron de largo la casa de los Figoren. Ella le hubo pedido al chofer que se detuviera ahí. Insistió de nuevo tras el silencio como respuesta.

—Cálmate, ellos no están ahí. A dónde iremos, al menos la señora está. Es lo único que estoy autorizado a decir. Cálmate. Por lo que veo, gracias al retrovisor, podría decir que muy pronto te quedarás sin uñas.

Por otro lado, en el castillo del dion, en donde el fuerte viento movía violentamente la enorme bandera naranja que estaba sobre la torre más alta (la principal), el mismo dion estaba asomado por la ventana principal. Tobías entró a la habitación. Cabizbajo, a pocos metros, le dijo a su amo.

—Lo tenemos acorralados. Nadie entra, nadie sale de sector Vista al Este. Sector completamente sitiado.

El dion, de espaldas a él, levantó su mano derecha, el puño cerrado, excepto su dedo meñique, y dijo:

—Visita al prisionero principal. Hazle saber que si no aparecen sus mocosos, su vida terminará a más tardar, mañana. Convocaré a todos los habitantes de esta gran ciudad, a quienes quieran presenciar la ejecución. Saldré al balcón a mirar.

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!