33- Félix

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FÉLIX


Algunos me preguntarían después por qué no me detuve; si acaso no sentí el vértigo de mi descenso al infierno. Para los demás, era inconcebible esa clase de autodestrucción.

No podía explicarles que el infierno estaba dentro de mí y los monstruos empezaban a vivir a gusto allí.

"¿Cómo no te dabas cuenta, Félix?"

Me habría gustado responder con justificaciones; que ellos no estaban en mi propia piel, les diría. Que no hablaran de lo que no sabían. Pero aún ahora, al escarbar en mi subconsciente, puedo ver el fantasma de aquel adolescente desesperado que no se amaba a sí mismo. Cuando hago ese ejercicio mental, soy incapaz de justificarme.

Como no encontraba mi propio amor, intentaba llenar ese vacío con el amor de los demás. No quería seguir decepcionando a las pocas personas que aún me soportaban.

¿Patético, verdad?


~~~~~


Había estado evitando a Karen durante todo el primer semestre, pese a las ocasionales insistencias de ella en conversar, cuando lograba toparse conmigo en los pasillos. Tal vez por eso se sorprendió al verme entrar tímidamente a su oficina.

Otra terapeuta, en su lugar, me habría preguntado qué hacía fuera de clases. Pero Karen se limitó a sonreír con suavidad.

—Ha pasado mucho tiempo, niño.

A veces me decía "niño", pero siempre aplicaba en ese apelativo una intención cariñosa, por lo que nunca me molestó. Tal vez incluso me gustaba. Como si Karen fuera ahora una especie de figura materna en mi cabeza, pensamiento que yo siempre despachaba con profunda vergüenza.

Al otro lado de su ventana caía la nieve y los jardines traseros de la escuela se perfilaban bajo la bruma impasible de finales de mayo. Me estremecí solo con mirar ese paisaje. En las últimas semanas, el frío parecía quererme triturar los huesos. A veces estaba tan frío que recurría a métodos patéticos —como morder un ají rojo—, para entrar en calor.

Karen indicó la silla con su mano. Yo bajé un poco la cabeza, aún apoyado contra el marco de la puerta.

Ella dejó de sonreír y sus cejas se juntaron un poco.

—¿Félix?

—¿Pu-puedo dormir aquí? –pregunté finalmente, amarillándome por el bochorno. No me atrevía a mirarla, así que centré mi atención en la planta bajo la ventana—. ¿Por favor?

—Estás temblando, Félix. Espera, déjame...

Karen se levantó, se quitó la bufanda blanca y envolvió mi cuello con ella, incrementando mi vergüenza. Pero sus movimientos eran suaves y yo sabía que nunca se burlaría de mí, así que la dejé. Luego tomó mis manos y las frotó mientras me conducía hasta el diván negro que nadie ocupaba. Todos preferían sentarse en la silla reclinable frente a su escritorio.

—Recuéstate.

Yo aún estaba avergonzado.

—Perdón. N—no quiero molestarte, pero...

Ella acercó la estufa y dio unas palmaditas a mi hombro.

—Tranquilo, Félix. Todo está bien, niño –Su voz era suave como el arrullo de una madre, aunque yo sabía que esa era solo una idealización mía basada en películas y publicidad, pues al escuchar a otros chicos hablar sobre sus mamás, entendí que nunca eran así en la realidad—. Puedes quedarte aquí y no tienes que hablar si no quieres. Conversaré con tus profesores y les explicaré que te sientes mal.

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