Capítulo 39

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Blake abrió los ojos con pesadez, le dolía todo el cuerpo, sentía ganas de vomitar y al mismo tiempo mucha sed. No podía mover su cabeza, le dolía demasiado por lo que se tuvo que basar en mover los ojos para analizar la habitación en donde estaba. A unos pasos de ella, se encontraba sentado su marido, concentrado en un libro, parecía tan apacible que casi no podía creer que lo había visto furioso cuando se encontró de cara con Guillermo Marfet.

—Calder...

El hombre elevó la vista y sonrió hacia ella.

—Ey —sonrió—, como te sientes.

—Como debería después de un accidente de carro —miró a su alrededor—, ¿Los niños?

—Giorgiana se los ha llevado.

—¿Ha venido?

—Creo que voló en cuando le llegó el telegrama.

Blake bajó la cabeza, recordando algo penoso que había ocurrido además del accidente. La cara de ese hombre la acosó, sentirlo cerca, rememorando la repulsión que sintió cuando... cerró los ojos con fuerza, reprimiendo lo más que pudo el sentimiento.

—¿Qué pasa? —le tocó la cabeza— ¿Algo duele?

—No, estoy bien —mintió. Parecía que se le había hecho una costumbre mentir— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Dos semanas.

—¿Qué dices? —negó—, no puede ser posible.

—Tranquila —le tocó la cabeza con cariño—, no pasa nada.

—Tú... ¿Lo sabes todo verdad?

—Sí —Calder acercó la silla—, quisiera que me lo contarás tú.

Blake asintió.

—Imaginé que dirías eso.

—Pero antes —arqueó una ceja—, me dirás ¿Qué diablos con lo de Simoneta?

—Sé que no la amas —bajó la mirada, un tanto avergonzada—, era la forma en la que logré escapar de ti de forma victoriosa. Pensé... que no me seguirías, al menos no por mí.

—En serio que no piensas mucho las cosas —sonrió— ¿Por qué no habría de seguirte?

—Sé que intentarías quitarme a los niños, pero cuando dijiste que me amabas —elevó una ceja sarcástica—, me descolocaste.

—O te quieres muy poco para pensar que no me iba a enamorar de ti o definitivamente eres muy distraída.

—Soy muy distraída, tenía muchas cosas que pensar y tú no dejas las cosas fáciles, no es como si pudiera descifrarte, así como si nada —lo miró—, pero la amaste ¿cierto?

—Sí.

—¿Mucho?

—Demasiado.

—¿Te lastimó?

—Pensé que no volvería a amar a una mujer después de ella.

—¿La recamara era para ella?

—Sí, nos íbamos a casar —Calder rio un poco—, digo, se lo había dicho, pero ella decidió diferente al final.

—El señor Davids era más rico que tú en ese entonces.

—Mucho más rico.

—Supongo que por eso te esforzaste tanto en hacerte más rico.

—En parte sí y desarrollé ese odio terrible para con su clase, desde antes, creo yo.

—¿Antes? Sí, ¿por qué contra nuestra familia?

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