Capítulo 6

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¿H de Maldad?

Vulnerable. Así me sentí al soltar la mano del ya no tan extraño Heng Holbein. Quien me sonrió, mirándome confundido, como si las palabras de Admes fueran inútiles para ambos. Amablemente, deslizó mi mochila de su hombro, dándomela con una sonrisa de complicidad.

Loco.

— Lo de las manos, es un posible tabú para Admes — pronunció divertido, alejándose. Su manera no tan necesaria para despedirse fue extraña.

Admes rodó los ojos. Mostrándome cuan impresionante era un Holbein ante su presencia, esos hermanos sí que lograban sacarlo de sus casillas.

—Tu segundo nombre debió ser sínica — pronunció, comenzando a limpiar su rostro con las mangas de su sudadera.

Suspiré.

—Pues tu eres un traidor Admes— dije, en mi defensa.

—Solo tuyo, cariño — rió, fascinándome con aquella risa algo ronca. Causando el olvido de sus faltas.

Ni sabía por donde empezar, quería contarle la madrugada feroz que viví, pero también tenía tantas preguntas, y una de ellas incluía la imagen de una Dagna abandona. Luego estaba Heng, su comportamiento tan distinto hacia mí, incluyendo lo de esa mañana.

—Ad, ¿por qué lo hiciste? —  soné decepcionada, en verdad que lo estaba.

Sus manos, víctimas de mis locos crímenes azucarados, tomaron mi rostro. Endulzándome mucho más con esos ojos azulados, mirándome extraña.

— Me gustaría revelarte algunas cosas Dagna — humedeció sus labios. Pensando quizás en las palabras correctas —, pero me dejarías.

—¿Y?

—Perderte es lo que menos quiero en mi vida.

—Puedo ser excesivamente dramática, y eso es terrible para ambos. Yo no te obligo a que soportes eso junto conmigo, lo único que te pido, es que no vuelvas a prometerme algo si no vas a cumplirlo. Las promesas unen almas, dan esperanza. Pero también rompen corazones y aplastan más que sentimientos.

— Para aclarar, yo no rompo promesas Zweig— dolió oír como mi apellido escapó de sus labios—. Y mucho menos si se tratan de ti, sólo soy un...

—Traidor — quité un poco de helado de su barbilla, sonriente.

— Exacto — miró mis labios, alterando mis débiles sentidos. Todas mis emociones querían escapar, y yo quería detenerlas.

Sin embargo, alguien lo hizo por mí.

—Oh, pero qué tiernos. Son esa clase de fetiche que medio mundo ama — la sonrisa del chico creció al mirar fijamente a Admes—. Y que yo considero enfermizo.

Fue en ese instante, en el que creí estar soñando. Admes aparentaba realmente ser pacífico hasta en su voz, y los Holbein, supieron como encender al verdadero Ad. Lo supe en ese momento.

—  ¿Volver para correr, o esconder? — rió, acercándose lentamente hacia Kahler. No tenía aspecto del dulce Admes, éste parecía inestable, confiado, sin temor alguno.

Me sorprendió.

Claro que me encantó.

No más rastro de miedo ante los Holbein.

Esta cara nueva de Admes, moría por enfrentar.

— De cerca, puedo oler mejor tu miedo. Le da poder a mi esencia — peinó con sus dedos su perfecto cabello castaño claro. Sonriente, frotaba sus manos.

Estación Holbein ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora