31- Félix

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FÉLIX



Una vez, Karen me dijo que a veces las personas nos las arreglamos para convertir el amor en un arma.

Lo hacemos cuando no podemos luchar contra la desesperación. Damos pasos de ciego hacia un agujero lleno de falsas promesas, de piedras brillantes que en realidad solo son cristales filosos. Ilusiones que coleccionamos para llenar un espacio vacío.

"Como un niño que no sabe usar un cuchillo, pero se siente más poderoso con él", explicó ella.

De haber sabido entonces, a mis dieciséis años, que estaba caminando por la orilla de un abismo helado, ¿me hubiera detenido?

¿Habría tenido el valor de retroceder?


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Ir a clases siempre fue un lastre para mí. Es el primer sitio donde te juzgan por el aspecto; que si eres muy desaliñado, que si usas demasiados colores, que si tienes la mirada muy dura. No podía tener otra, maldita sea. Si pareces una presa, lo detectan y te joden la vida; si pareces un depredador, creen que vas a robarles el celular y pegarles un tiro después.

Cuando tenía catorce años, en primero de secundaria, una chica amarilla se convenció de que yo le había sacado su billetera de la mochila y se las arregló para que todos lo creyeran también. Fue la primera vez que me arriesgué a una expulsión, pero como los maestros no pudieron hallar pruebas en mi contra, tuvieron que seguir soportándome, con la condición de que asistiera a sesiones regulares con Karen.

Desde entonces, me constaba que utilizaban mi nombre a mis espaldas como sinónimo de ladrón. "No te vayas por esa calle o puede que te encuentres con un Félix", le había dicho alguien a su amiga entre risas, pensando que yo no estaba allí.

Estúpidos adolescentes. La mayoría somos unos superficiales asquerosos. Recuerdo haber juzgado a Lucas por ir vestido siempre con buena ropa, peinado correcto. Impecable pese a su torpeza para hablar. A veces, su padre iba a buscarlo a él y a su hermano en un estupendo auto con calefacción durante las temporadas más frías.

Tal vez le tenía envidia por eso. Por vivir en un barrio lindo y acomodado, mientras Irene y yo teníamos que conformarnos con arroz de microondas cuatro veces por semana.

Lo había juzgado antes de ser amigos...

"Demasiado cobarde para enamorarte".

Y también lo juzgué cuando se convirtió en alguien preciado para mí.

Si lo que Brenda había insinuado era cierto, entonces me merecía todo el rencor con el que ahora me miraba al pasar cerca de él en las salas de clases y los pasillos. Lo había herido profundamente, tal como los demás me hirieron a mí.

Me lo merecía. Y creo que, inconscientemente, buscaba que él se desquitara. Eso aligeraba el peso de mi error, al menos un poco. Era un pensamiento extraño, pensaba. A veces tenía la  necesidad de ser corregido, de que alguien me parara los pies.

Brenda había dicho que solo debía darle tiempo.

—No lo busques, no lo presiones –Me sonrió un poco—. Ahora está un poco resentido, así que dale tiempo, ¿vale?

—No sé qué más debería hacer –murmuré mientras matábamos la tarde en el Cerro Blanco, donde en días más felices, los tres nos escapábamos para comer dulces, escuchar música y perder el tiempo.

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