Capítulo 7: Rayado del ánima.

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Abrió los ojos. La luz tenue del sol, pálida y descolorida, se escurría por la ventana. Ni siquiera trató de buscarla, sólo sabía que estaba llegando tarde un viernes como cualquier otro. Se sentó al costado del colchón. No había ningún marco de cama que le diese una plataforma elevada para levantarse sobre el nivel del suelo. En ningún sentido.

Quieto, imitando a una estatua con los ojos rectos cual flechas perdidas, se frotó una mano por la frente fría y suspiró. Otro día más cernido en penumbras invisibles, las que restaban de una noche poco memorable. El ventilador sin energía, a pesar de que estaba conectado. La puerta cerrada con la mochila haciendo de traba. El armario entreabierto, el fulgor del sol azotando las estrechas paredes blancas desde atrás. Todo era igual. Exhaló agotado. Jamás se equivocaba.

Al menos había sido una noche más agradable que las demás. Sin los constantes sollozos lamentables, los tentáculos negros que le asfixiaban o pequeñas manos frías que trataban de arrancarle la piel. Tampoco las garras, ni los chirridos insoportables; mucho menos la oscuridad y el vacío. Sólo una paz efímera, eso sintió. Una paz que le recordaba que habría noches peores.

Echó un vistazo al escritorio, esperando hallar su perfecto desorden sobre él como un último argumento para refutarle a su mente que nada había sido real otra vez; pero se llevó una sorpresa. Una sorpresa ni grata ni asquerosa, carente de algún adjetivo capaz de calificar con precisión su reacción.

Allí estaba ella, encorvada sobre la silla como todo un ávido escritor tratando de buscar las palabras exactas para plasmarlas en un manuscrito lleno de vida. O eso pensó Adriel, puesto que jamás había visto a alguien leer con tal intensidad a la luz del alba. Los ojos fríos y la faceta de cerámica del joven se torcieron en un gesto extraño y repentino, ¿se encontraba soñando acaso?

Tenía la misma apariencia casi etérea de la musa que le visitó la noche anterior, con la piel desgranándose en el aire pero sin dejar de ser una imagen nítida. Las ondas blanquecinas de una mañana desvivida resaltaban la palidez de los colores, que se mimetizaban casi a la perfección con la pared blanca llena de manchas.

Tuvo miedo. La figura no fue el detonante, si no lo que connotaba. Era el símbolo mismo de algo que no dejaba de acosarle. Suspiró otra vez, frotándose el rostro para cerciorase de una cosa: que no estaba delirando. Perdió la mirada en las vestiduras rojas de la fantasma "Sólo es otro día" pensó, mientras que un delgado hilo de raciocinio rebotaba en su interior con fuerza, "otro más que olvidaré" volvió a repetirse, con el único fin de negar la imagen que sus ojos le transmitían.

Se equivocaba.

Apoyó los pies desnudos sobre el suelo, pero no se paró. Dejó que el frío que aún se conservaba allí subiera por sus músculos, escalando como una hormiga. A un paso lento y seguro, cosquilleando en la piel e irguiendo los pelos de las piernas con lentitud. Sus párpados se pegoteaban entre sí, y las ojeras que colgaban de la parte inferior de estos eran hasta perceptibles por su peso, como bolsas de gravilla levantadas como un solo dedo. Cabeceó, cerrando los ojos por un momento. Estaba cansado. ¿Pero cómo? Había dormido más que bien, tampoco había tomado las pequeñas cápsulas de felicidad instantánea. ¿Qué demonios le sucedía entonces?

El cuerpo cayó lentamente, como una pluma hundiéndose en la arena. Y a pesar de hacerlo a tal velocidad, no pudo evitarlo. ¿Qué sucedía? ¿Por qué no podía mantenerse erguido y afrontar la vida un día más? Se hundió en el colchón, mirando al techo. Perdía la cabeza, casi como si esta flotara etéreo por la habitación estirando su cuello. Los dedos dejaron de temblar, el pecho se relajó y dejó salir una gran bocanada de aire al exterior con un vaho similar a la niebla en tono. Todo se encontraba más helado que de costumbre, más que cuando se levantó.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!