Capítulo 6: Incómodo

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—Olvida lo que dije —escupió inmediatamente después, arrepintiéndose de sus palabras.

Ella vio como volteaba, tratando de contener la rabieta que dejó escapar hacía unos segundos. Podía leerle la mente. Podía ver que sufría. Como resistía. Era alguien duro, o un simple llorón creyendo acérrimo que pedir ayuda es tonto e inútil. Ambas facetas se turnaban en un frenesí casi impalpable, sosteniendo una máscara dura como el concreto con líneas neutras y rectas, sin ningún gesto.

La fantasma descendió de la cama. La habitación era una exageración de pequeñez para alguien como él. Con apenas dos zancadas se recorría de lado a lado, y unos cuantos pasos eran los necesarios para salir. Y, a pesar de tener la puerta delante, se rehusaba a salir y abandonar al desconocido adolescente. ¿Quién sabe si antes de ella hubo otros? ¿Y si esos sujetos a los que aludía eran en verdad otros fantasmas?

Volvió la cabeza a la cama. El chico yacía cuan largo era sobre la cama, apretando la almohada contra su cara como si abrazara a un profundo amigo.

— ¿Qué haces? —preguntó ella, sin comprender por qué se comportaba cual niño cuando le vio tomar decisiones tan... delicadas.

— Pienso.

— ¿En qué puedes pensar mientras abrazas una almohada?

Él calló otra vez. Sus pensamientos se hilaban en murmullos sueltos por aquí y allá, como si arrojara los excedentes de sus sesos a través de la boca seca. Pero sin sentido. Sin tema, sólo palabras desechadas al máximo azar. Ella continuó su minuciosa investigación en el cuarto. No había luz eléctrica, el ventilador estaba enchufado a duras penas en un toma-corrientes flojo y no giraba. El armario, con su madera resquebrajada, dejaba entrever algunas prendas desdobladas, y muy al fondo, las que aún no sufrían de desorden alguno.

Con la cara incrustada en la almohada, él murmuraba más irracionalidades, tan variadas como incesantes. Tenía preguntas en su conflictiva mente que no podía responder, lo avistaba en esos ojos cristalinos que ultrajaban las densas penumbras. Pero una se denotaba más, una que se dejaba ver con una fuerza casi incandescente, con aplastante y sórdida contundencia.

¿Valía la pena? ¿Ver el mundo igual tras cada despertar, tras cada día idéntico con la esperanza de un cambio imposible era algo digno de creerse? Tenía las pupilas perdidas en medio de la nada. Cientos de distintas respuestas que casi siempre arrojaban un resultado fatídico eran la respuesta a la cuestión. Más bien, cavilaba para hallar una que indicara lo contrario. En un mundo que casi desconocía su existencia, que le ignoraba de manera descarada como los famosos ignoran que sus seguidores también son individuos. ¿Valía la pena?

Tenía el agarre firme en la almohada. Sus dedos casi ultrajaban la tela de la funda, estirándola con tal fuerza que acabaría por romperla. Y los ojos tampoco hacían menor esfuerzo, contenidos con dificultad por párpados que trataban de no desbordarse con lágrimas retenidas.

— Pensar con una almohada te deja saber que siempre estás solo al luchar contigo mismo —susurró con un desliz de sus dedos sobre la tela—. A veces, sólo hace falta que algo te escuche quejarte como un maricón de los problemas insignificantes de tu vida.

Los ojos de la fantasma se clavaron en él. Todo pareció congelarse en el instante que el joven bostezó, como si aquellas palabras no tuviesen ninguna connotación ni valor.

— ¿Y por qué no hablas con los demás? —preguntó ella, extrañada por la respuesta.

Tampoco respondió. Se tomó su tiempo, volteando y repitiendo el proceso de pensamiento tan extravagante en él. Escupía los desechos de palabras sobre el colchón viejo y resguardaba los retazos útiles en lo profundo del cerebro.

— ¿Para qué? —respondió, con una voz ronca y raspada— Sólo sería un...

— ¿Un qué?

— ¿Y a ti que mierda te importa? Ya no estarás cuando me levante por la mañana.

— ¿Cómo sabes eso?

— Porque todo ellos son así.

Y echándose las sábanas encima, se cernió con silencio. El fulgor azul de la luna seguía azotando el interior, las ondas débiles se concentraban en dejarse entrever por los reflejos del escritorio. La carcasa de un bolígrafo roto yacía quieta como un cadáver sobre las hojas llenas de letras casi incomprensibles. Ella se asomó a revisar los manuscritos con cautela, dando lentos pasos con el fin de prepararse para ver cosas horrendas. Después de todo, si era un adolescente, no esperaba que esas pequeñas historias sean buenas. Cuando ella se sentó en el escritorio, se deslumbró con la apabullante cantidad de hojas que poseían letras idénticas a cirílicos huecos y decadentes, con esa caligrafía casi ilegible que caracterizaba a los países antes de la gran guerra

¿De verdad se arriesgaría a quedarse sin ojos por leer atrocidades hormonales?

Levantó una hoja, y asomó la silla al ventanal para recibir un poco más de luz. Sin embargo, algo más llamó su atención ahí fuera. Era el firmamento, se veía tan claro y estrellado, tan... distante a lo que recordaba. Ni toneladas de nubes, ni una oscuridad casi opresora. No. Sólo las infinitas constelaciones que podía ver desde el recoveco; y justo delante, las inmensurables ruinas de un edificio, adornando la visión del ventanal. Ni un resquicio de alegría, sólo tenues retazos cuyo color es idéntico al del océano, un perdido, difuso y extraño azul que se traga todo y a todos sin piedad alguna.

La hoja en su mano no parecía tan mala una vez pudo vislumbrar que poca inspiración podía tener alguien de una ventana tan mal ubicada. Poca no, ninguna. Reposó la hoja en sus piernas, tratando de que la luz de la luna fuera su enorme lámpara. Se esforzó en leer las primeras líneas en voz baja, debido a que los garabatos en ellas eran difícilmente legibles.

"Con alas de fuego tan brillantes como el mismo sol, se arrojó contra los soldados. Esos uniformados anónimos que colgaban rifles grandes y peligrosos. Deslizó una navaja por el cuello del primero, y pateó el arma del segundo con fuerza para no resultar acribillado. Se aferró al cuerpo del degollado cuando las balas trepidaron en su dirección, usándolo de escudo viviente mientras continuaba avanzando.

Sólo una zancada bastó para ponerse al alcance de los tres soldados restantes. El cadáver que lo recubría era sólo un colador, el imbatible sonido de los disparos repiquetearon demasiadas veces en los oídos del agresor. Recogió la pistola que la primera víctima guardaba en su estuche, y disparó a ciegas mientras arremetía contra la fila de hombres fornidos. Estaban anonadados cuando las enormes alas del joven les envolvió con un fulgor repugnante, y su carne se quemó hasta el punto en que se convirtieron en un carbón tan negro como..."

Había un espacio en la hoja, un pequeño recoveco de medio renglón. Las siguientes palabras estaban escritas con un lápiz en extremo fino, como si no se hubiera querido dejar evidencia alguna de su existencia. Apenas repasado con fuerza se encontraba una palabra casi ilegible, con trazos gruesos y toscos. Y las que continuaban; hechas con tinta negra, eran simples y con una caligrafía impecable que reconoció de inmediato.

Era su propia letra.

"De nada".

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!