Dentro de nuestro grupo de tres, él era el simpático adulador de adultos, Leo el que corría más rápido y yo el de las ideas desastrosas.

***

Mis recuerdos se volvieron más ominosos entonces.

Yo tenía diez años.

Estaba lejos de casa, muy lejos, y Darío y yo temblábamos en la parte trasera de un furgón blanco. Mis muñecas ardían por las ataduras. Todo estaba frío.

—...llámalos de nuevo.

—Dicen que no tienen el dinero.

—¡Insiste!

Uno de los hombres que iban sentado delante giró para mirarnos y luego sonrió, diciendo algo que no pude entender.

***

Los recuerdos se volvieron difíciles de asumir y me retorcí en ellos, atrapado como un pez en las redes pestilentes de una pesadilla.

Solo que no era una pesadilla.

¿Por qué no podía ser una pesadilla?

Alguien sollozaba, pidiendo una y otra vez que lo dejara marcharse a casa.

Un grito horrible perforó el silencio. Me estremecí.

¿Era mío?

¡Darío!

Voces agitadas. Más gritos.

—¡Mierda! No se mueve...

¿Por qué...?

"Despierta"

—¡Despierta!

No.No.No.No.No.No.No.

"Prometo que nunca más haré travesuras"

—¡Déjalo ahí!

"Me portaré bien, ¡seré tranquilo!"

Mis piernas me llevaron lejos. Todo estaba blanco y frío. Las lágrimas se habían convertido en escarcha sobre mis mejillas.

Y entonces, solo hubo oscuridad.

¿Me moriría allí?

Cerré los ojos y esperé, sin poder dejar de temblar. Era un espacio tan pequeño.

Demasiado pequeño.

Sentí que me ahogaba por toda una eternidad.


****


Cuando finalmente desperté, todo el cuerpo me dolía. Pero yo estaba en shock. Aún intentaba asimilar las escenas que mi mente me había devuelto y sentí ganas de gritar.

Respiré profundamente por la nariz.

"Cálmate, cálmate..."

Abrí los ojos con lentitud, aún sofocado por el pánico. Una franja de luz amarillenta se deslizaba por el techo. Atardecía.

Amarillo...

¿Por qué me dolía solo ver ese color?

Tras retorcerme incómodo en la cama, descubrí que ahora me podía mover, pese a la rigidez de las vendas envueltas alrededor de mi pecho. Intenté buscar mi celular entre las sábanas, hasta que recordé que estaba en el hospital. Cubrí mis ojos, siseando un poco cuando noté la muñeca izquierda entumecida y enyesada.

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