29- Félix

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FÉLIX


Fue poco antes de mi discusión con Lucas, mientras ordenaba las estanterías de vinilos antes de acabar mi turno en La Cueva de Platón, cuando el Grillo se me acercó. La expresión de su rostro surcado de tatuajes negros era seria, sin ningún atisbo de su jocosidad habitual. Por primera vez demostraba la edad que en realidad tenía y yo temí lo peor.

—Tengo que hablar contigo, Félix.

"La cagué con algo y ahora me va a echar", fue lo primero que pensé. El miedo debió transparentarse en mi cara, porque sonrió y palmeó mi brazo.

—Tranquilo, cabrito, que te me cagas encima.

Y soltó una carcajada.

—¿Qué pasa? ¿Qué hice?

—No tengo ninguna queja hacia ti. Deja de poner esa cara de oveja sin rebaño.

Suspiré avergonzado, pero un poco más tranquilo. Luego me reí suavemente. Odiaba que el Grillo me viera comportarme como un mocoso.

—¿Entonces? –murmuré. Carraspeé hundiendo las manos en el bolsillo delantero de mi sudadera y traté de recuperar la compostura. Él volvió a ponerse serio.

—Mira, Félix, seré sincero contigo: al negocio le está yendo muy bien. Ya sabes... el otro negocio. Tú me entiendes.

Asentí, tenso. Aunque había acabado por acostumbrarme y, con el tiempo, dejé de albergar pensamientos paranoicos sobre intimidantes agentes del FBI pateando la puerta, seguía sintiéndome algo incómodo cuando los constantes clientes de la "bodega trasera" iban y venían por la tienda. Algunos me guiñaban el ojo al pasar junto al mesón; otros me preguntaban directamente cuánto costaba el gramo de hierba y coca. En apenas un mes, sabía todo lo necesario sobre los diversos tipos de droga que se encontraban en el mercado negro pese a que nunca la había probado.

—¿Y eso es... malo? –farfullé.

—No para mí, pero... —El Grillo suspiró, pasándose la mano por la cara—. Lo he reflexionado mejor y es que solo eres un adolescente, cabrito. No quiero meterte en problemas ni que te sientas forzado a hacer esto si no quieres. ¿Entiendes que este negocio es peligroso, no?

—Sí –murmuré—. Claro que lo sé. Pero soy feliz aquí, Grillo. Me gusta trabajar en tu tienda y realmente necesito el dinero. Por favor...

No sabía qué era lo que estaba suplicando, pero intuí por dónde iban los tiros ahora. Él me miró en silencio, pensativo, y yo sentí que el pecho se me encogía por la incertidumbre.

Me había apegado demasiado a aquel empleo.

"—Eres un dependiente emocional, Félix, aunque no te guste admitirlo –me había dicho Karen durante una de nuestras sesiones—. Te aferras demasiado a las cosas que sientes que te proporcionan seguridad".

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