Capítulo 35

13.4K 2.7K 380

Había pasado una semana desde que Calder se había ido y justo en ese momento, cuando su caballo comenzaba a llegar a los conocidos senderos de su casa, el corazón se le aceleraba con ansias de ver a sus amigos, a sus hijos y a su mujer. El solo imaginar dormir con su esposa y abrazar a sus hijos le causaba una sonrisa bobalicona que Guillermo Marfet intentó ignorar, puesto que no aceptaba que un hombre fuera tan feliz cuando él no lo era.

—Lo veo alegre mi capitán.

—Volver a casa siempre da alegría Marfet.

—Claro, cuando se tiene toda la felicidad en ella, lo que uno más desea es volver.

—Supongo que así es —Calder lo miró de reojo—, perdona que pregunte, pero nunca he sabido de tu familia, no sé si tienes hijo o mujer.

—Tengo un poco de todo y mucho de nada señor, lo cual concluye en una vida solitaria.

Calder frunció el ceño y asintió. Él recordaba el día en el que contrató a ese hombre, donde elocuentemente alegó que tenía una familia a la cual mantener. Ahora parecía negarlo, era extraño, pero no lo exteriorizo, seguramente se le había ido la lengua, como quien dice, había dicho la verdad.

Ambos desmontaron y se separaron con un movimiento de cabeza como despedida. Calder se sacudió las prendas del polvo del camino y caminó directo hacia las puertas de su casa, esperando ser recibido por su esposa quién seguro había escuchado el ajetreo de los caballos al entrar a galope. Sin embargo, abrió la puerta por su propia mano y el interior de la casa estaba tan callado que incluso escuchaba su respiración. No había ningún sirviente merodeando, ni siquiera Romelia y Minerva habían salido para recibirlo, lo cual era aún más extraño.

—¿Hay alguien en casa? —gritó un poco, tomando las cartas que estaban dispuestas en una bandeja de planta en una mesita del hall.

Calder miró hacia todos lados al notar que había cartas para su esposa con demasiada antigüedad. No solo de Simoneta y el resto de sus amigos de los alrededores, sino de su familia e incluso había una de su padre, era extraordinario que ella no quisiese leerlas, lo cual lo preocupó.

—¿Dónde están todos? —gritó, pero nuevamente no encontró quién le contestara.

El hombre, un poco cansado de no ser atendido ni en su propia casa, caminó con disgusto, escuchando como los empleados hacían carrea para salir de su camino e incluso había escuchado un gritito de sorpresa cuando alguien iba a caer.

—Mi niño Calder —saludó Minerva con nerviosismo—, que bueno verte.

—¡Por todos los diablos Minerva! ¿Dónde están todos?

—Creo que... eh, ¡Romelia!

—¿Qué ocurre? Minerva me estás desquiciando.

—¡Ah! ¡Mi muchacho! —lo abrazó la enorme mujer mulata— ¡Has vuelto!

—Sí —se separó de ella— estoy intrigado en saber qué demonios ocurre aquí.

Las mujeres se miraron entre sí y entre interrupciones algunos tartamudeos, explicaron al hombre frente a ellas que su mujer había dejado la casa desde el día que él se había marchado.

—¿¡QUÉ ELLA HIZO QUÉ!?

—Cálmate Calder, por favor —pidió Romelia.

—¿POR QUÉ DEMONIOS LA DEJARÓN IR?

—En realidad nos mintió —explicó Minerva—, nos dijo que iría contigo y al parecer a la señora Davids le dijo que iría con su tía a Nueva Jersey.

Calder tomó el puente de su nariz con dos dedos y suspiró.

—¿Dónde está la señora Davids?

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!