Parte sin título 32

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Capítulo 32

De inmediato fueron rodeados por individuos de ambos géneros y diversas edades. Quizás, lo que le llamó la atención a Yamirelis era el parecido de la indumentaria de ellos con los nativos del Amazonas en el otro lado del mismo mundo, aquellos que muy probablemente haya visto en documentales y libros de textos escolares; pero a diferencia de aquellos, estos no pertenecían a una determinada etnia, lo mismo sucedía en Ciudad Mundial.

Lois trató de hablar, más se detuvo cuando uno de los autóctonos le colocó la punta de su lanza a milímetros del cuello. Yamirelis había estado masticándose las uñas, pero reaccionó al ver a su compañero amenazado. Todos los nativos se arrodillaron enseguida, incluyendo el que apuntaba con su lanza a Lois. Ella se hubo transformado en una brillante estrella, tres veces su tamaño aumentando, y se hubo elevado varios metros desde el suelo. Uno de los nativos, luego de pedir autorización a ella, se levantó e identificó a sí mismo como el alfa de la tribu Anaya. Le preguntó en que podían servirle. Lois contestó por ella en voz alta ante el centenar de personas:

—Ella es la gran diona del bien. La que viene a liberarnos del malévolo dion, cuyo nombre ustedes se abstienen de mencionar, quien a ratos los asola. Guíanos hacia el gran Kriodo Manu Muna Monilla, al que ustedes llaman: el alma de la jungla.

El líder miró alrededor. Luego contestó que cumplirían la voluntad de la gran diona no sin antes rogarles que pernoctaran en la aldea para un agasajo y temprano en la mañana irían a la morada del alma de la jungla. Lois y Yamirelis asistieron. Pronto fueron llevados a lo que parecía ser el centro de la aldea. Música, comida, bebidas extrañas pero exquisitas al paladar de ellos.

En un momento dado, ella observaba a una mujer en una esquina haciendo tatuajes frente a una casa que si bien era como las otras de la aldea: hecha con troncos, ramas y paja, ésta era colorida. Se levantó del asiento que le hubieron traído. Fue escoltado por decenas de guardias y del mismo Lois. Llegó hasta donde estaba la mujer, a la cual le pidió que le hiciera un trabajo. Ella enseguida dejó de atender a otras personas para atender a la diona, aunque esta última dijo que esperaría su turno. Pero, ante la insistencia de la artista, entonces accedió.

—Lois, cuando despierte y vuelva a mi casa. ¿Tendré el tatuaje?

—Descuida. Ni cicatriz, ni peinado nuevo, ni nada. Solo recuerdos.

Ella se ruborizó un poco. Dejó de hablar con él. Se concentró en explicar cómo quería su tatuaje: Una pequeña estrella de una pulgada de diámetro en el lado izquierdo y bajo del cuello, cinco de sus puntas de color rosa fucsia y las otras cinco puntas color negro. Muchos estaban arremolinados, esperando tocar la poca sangre mezclada con tinta que emanaba del proceso artístico. Para calmar a los nativos que prácticamente estuvieron al borde de formar un motín, incluyendo el alfa, Lois les dijo que con que la tatuadora tocase la sangre, todos estarían bendecidos. Yamirelis lo haló por la bata, con la cual le habían vestido. Le acercó al oído su boca:

— ¿Por qué dijiste eso? No soy ningún ser divino, ni nada que se parezca.

Él le contestó de la misma manera:

—Tenemos que tenerlos calmados y contentos. En especial a su líder. Es vital que nos lleven hacia el Kriodo.

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!