Parte sin título 27

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Capítulo 27

De repente Lois despertó, miró su reloj análogo que extrajo de uno de los bolsillos de su pantalón. Era un poco más de la una de la madrugada. Enseguida despertó a Yamirelis. Hubieron descansado más o menos cuatro horas luego de haberse quedado dormidos mientras conversaban.

—Es hora de partir.

Enseguida abordaron el ornitóptero. Ella sentada a su derecha, observaba los pocos instrumentos de vuelo que había en la cabina. Lois encendió el motor y comenzó a explicarle:

—Esto se llama anemómetro, indica la velocidad respecto al aire. Este otro es el altímetro, que indica en pies y metros la altitud. Esto otro es el variómetro, que indica si el avión está ascendiendo o descendiendo. Eh, ésta es la brújula, es para conocer el rumbo de la nave. Finalmente, esto que muevo con los pies es el timón de dirección; y esto otro que moveré con mis manos es el botón de mando, que es para ascender y descender.

—Gracias por explicarme porque no me siento nada cómoda. ¿En serio esta cosa vuela?

—Ya lo verás. Abróchate el cinturón.

El aparato comenzó a batir las alas, al principio lento, luego más rápido. Comenzó a elevarse verticalmente, luego horizontalmente también. Ella había cerrado sus ojos. El aparato alternaba el batir de las alas con dejarlas estáticas, deslizándose en el aire. Estando como a más de mil pies de altura, a ella le dio con abrir sus ojos. Miró a través de la ventana:

— ¡Wao!

—Aguanta chica.

— ¡Ah!

—Que te aguantes, aunque el cinturón es suficiente (ríe).

— ¿Qué vas hacer?

—Ya lo verás.

Hizo que el ornitóptero diera una voltereta. Se llevó luego varios insultos de ella quien con mucha firmeza le rogó que no lo volviera hacer.

— ¿Hacer qué? ¿Esto?

Hizo dos volteretas corridas ignorando los gritos de ella. El aparato entonces volaba boca abajo.

—Chico. Tienes que parar. O me manifiesto en un pájaro real y te hago lo mismo. Es más, te dejo caer y luego, antes de caer al suelo, te sujeto.

—Hazlo, no te atreves.

Hizo otras cuantas piruetas diferentes. Ella le confirmó que estaba bromeando y no amenazando. Fue cuando dijo que sentía nauseas que entonces él detuvo las piruetas.

—Estúpido (sonrió).

— ¿Qué dijiste? Mira que empiezo de nuevo.

—No, no. Eres el mejor.

—Lame ojos.

Ella, dejando de sonreír, le juró que sentía nauseas. Se recostó sobre el hombro derecho de él. Cerró sus ojos...

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!