El tormento

368 10 4

3 AM – Hospital St. James

No había dormido nada en veintiséis horas, estaba exhausta, pero alguien debía quedarse con Jamie. Por los momentos solo me tenía a mí, yo era la única que al parecer podía entender la gravedad de la enfermedad de mi hermanito, mi mamá, bueno, su familia era su trabajo. Jamie y yo siempre habíamos estado en un muy segundo plano, en cuanto a mi padre, que puedo decir, no lo he había visto en más de ocho años. Por lo que tenía entendido, él tenía una nueva familia, gatos, perros, tortugas y la verdad no me importaba. Durante todo este tiempo no habíamos recibido ni siquiera una postal de su parte, mamá por lo menos las mandaba para nuestro cumpleaños y navidad, aunque lo más seguro era su asistente Abeen fuera quien las mandara en su nombre.

Así que desde que me enteré de la enfermedad de Jamie no había descansado muy bien, había perdido diez kilos y adquirido unas grandes ojeras que llegaban hasta mi boca; agradecía enormemente por tener la ayuda de nuestra querida nana Susy –ella era como mi abuela y mamá en un solo paquete–, pero también tenía su propia familia, con sus propios problemas, así que no podía pasar todo el tiempo en el hospital.  

Miré mi reloj ya eran pasadas las tres de la madrugada y el hospital seguía despierto, en momentos como estos, es que deseaba ser como esos estudiantes internos que correteaban por los pasillos a todas horas. Al parecer tenían una sala especial para recargar las pilas, porque se comportaban, como si el no dormir por dos días seguido fuera de lo más natural; yo a pesar de seis tazas de café y muchas agruras en mi estómago, estaba literalmente cayéndome del sueño.

Jamie se movió del sueño en el cual estaba sumergido; lo miré y se me atravesó un nudo en la garganta, a pesar de que el medicamento lo hacía dormir mucho tenía el aspecto de haber corrido un maratón dos veces consecutivas; cuándo iba a acabar toda esa tortura, cuándo iba volver a ver a mi hermanito correr por la casa sin ajugas en sus bracitos, todavía estaba esperando despertarme de esa horrible pesadilla que estaba viviendo, era como si mi vida girara entre el antes del cáncer y después del cáncer que poco a poco había consumido las fuerzas de Jamie.

El recuerdo de cómo me había enterado de su enfermedad estaba grabado en mi memoria a largo plazo, como un espantoso tatuaje que no puedes borrar y que lo hiciste en un momento de borrachera. No podía prescindir de ese recuerdo, porque era el que me recordaba constantemente el grave estado de la salud de Jamie.

Un día lo había traído al chequeo mensual con su pediatra, adelantando la cita unos días, porque días atrás lo había notado muy demacrado y cansado. Entonces todo ocurrió muy deprisa, en un momento Jamie estaba corriendo por la casa haciendo de las suyas y al otro estaba prostrado en una camilla del hospital. No sé cómo sucedió, solo estaba segura de que había pasado y que no era una pesadilla, hacía dos meses desde que le habían diagnosticado leucemia linfocítica aguda y no bastaba con ese nombre tan extenso la condenada enfermedad tenía también apellido «de células T» la llamaban. Un cáncer que se daba más en niños que en niñas y que afectaba entre un 15% y 18% de niños que padecía la ALL.

La desesperación hubiera podido conmigo sino hubiera tenido la ayuda de los tres súper-poderosos. Susy nuestra bien amada nana; Tori, que era mi socia y mejor amiga, juntas habíamos constituido una revista de moda on-line que por los momentos estaba teniendo bastante auge, ella era un ángel por dejarme pasar la mayoría del tiempo en el Hospital, pero sabía que no podía dejarla sola por más tiempo. Una revista aunque sea on-line requiere de muchas horas de trabajo, y en el equipo de los tres súper-poderosos como los llamaba, no podía faltar el Superman del Dr. Green que era el pediatra de cabecera de Jamie.

Él era como el sol que salía después de una nevada de invierno, o como el arcoíris que sale después de una tormenta, nos había acompañado en todo momento desde que Jamie había sido ingresado en la sala de oncología pediátrica del Hospital St. James. Él fue quien aprobaba junto con el oncólogo pediátrico cada uno de los tratamientos que se le estaban practicando a mi hermano, cada quimioterapia, radioterapia o medicamento autodirigido era aprobado primero por él.

Siete Días Contigo¡Lee esta historia GRATIS!