Olivia

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Blanco. Blanco y sin ningún doblez. Como las nubes blancas y serenas en un cielo de verano. Blanco, blanco…. muy blanco.

El traje de una enfermera siempre debe demostrar pulcritud y paz para no alterar a los pacientes que convalecen en el hospital. Sin embargo el traje de mi madre era de un blanco brillante, resplandeciente, que no generaba paz, sino que… alguna emoción que nunca he podido descifrar.

–¡Acábatelo! Estás muy flacucha. ­–La voz de mi mamá resonó en mi cabeza, sacándome del océano de pensamientos que inundaban mi mente.

–Sí mami. –Respondí queriendo retornar a mis sueños color blanco.

–Ya te dije que tienes que comer sino quieres estar como los enfermos del hospital.

 Esa idea me aterró. Metí la cuchara en mi boca y tragué el cereal con nueces sin siquiera masticarlo. Ella sonrió de medio lado, satisfecha por haberme hecho comer todo lo que había en el plato. 

–¿Terminaste? –preguntó.

–Sí –dije atragantándome un poco con las nueces.

–Ve y lávate los dientes. El tiempo se nos agota. –Me levanté de la silla trastabillando. No tuve que correr mucho, el baño estaba a diez pasos. Tomé el cepillo y le unté un poco de pasta dental, a mi madre no le gusta que use mucha, seguro no quiere que se acabe.

Al salir del apartamento, mi madre tomó mi mano, siempre me agarra con fuerza como si quisiera quitármela, pero a pesar del dolor que me causa, me siento segura.

Mi mamá se detuvo en la esquina a esperar el autobús. En la parada, siempre veía a unos hombres que trabajaban en la cafetería de enfrente, no se porque debían tomar el autobús, aunque sospecho que solo lo hacen porque saben que mi madre y yo tomamos el mismo autobús a la misma hora. Ella es una mujer muy bella, tiene una belleza muy rara pero que siempre llama la atención. Su piel es suave y tiene el color de la canela en polvo, sus ojos son de diferente color, uno es verde y el otro es azul claro, ella dice que desde pequeña ha sufrido hetero… retero… tero… no lo recuerdo… pero siempre he creído que tienen un poder mágico. Su pelo es corto y castaño, siempre que el sol lo ilumina se ven destellos del color de la miel.

–¿Qué me ves? –dijo.

–Nada mami –respondí y borré rápido todos mis pensamientos para que sus ojos no pudieran leer mi mente.

–Ay Olivia– dijo.

 El recorrido en el bus es muy incómodo, y no hay otra manera de entretenerme que observar el camino por la ventana. Primero pasamos por un mercado, los colores de las frutas y verduras alegran la mañana tan gris y nublada; pasado el mercado hay un barrio de casas hermosas y grandes. Se ven muy elegantes al igual que las personas que viven allí, mi mamá siempre me ha dicho que ellos son miserables, que a pesar de tener tantos carros y espacio en su casa, no son felices. Yo no pienso lo mismo, claro no se lo digo; una niña de mi salón de clases vive en ese barrio y siempre se le ve muy feliz y algunas veces ha compartido un poco de su refacción conmigo, no se ve naaaaaaaada miserable.

 Pasado ese tramo de casas, llegamos a la ciudad, es pequeña y muy sencilla; pasamos por una gasolinera, luego cruzamos por una estación de bomberos y cerca está un supermercado. En frente bajamos en la parada de buses. Mi mamá y yo caminamos dos cuadras y así llegamos a su trabajo. Ella trabaja en una casa de locos, es muy aterrador entrar, por eso yo siempre me quedo afuera.

–Olivia –me dice– te espero aquí a las dos de la tarde ni un minuto más, ¿entendido?

–Sí mami.

–Por favor, quédate cerca hasta que den las siete y media, yo te estaré vigilando.

–Sí mami.

–Adiós. –Se despidió, me soltó la mano y se alejó.

 Mi mamá entra a su trabajo media hora antes que abran la escuela, por eso siempre espero en el jardín sentada en la grama, porque entrar es aterrador. En la entrada hay un letrero donde se lee: “Clínica y hospital psiquiátrico R. Kandel”, el edificio es grande y viejo, tiene un jardín muy grande lleno de flores color amarillo y rosado, por eso prefiero quedarme afuera, sin embargo en días de lluvia mi madre me obliga a esperar en la recepción. Siempre me siento en la grama dándole la espalda al edificio, porque una vez estaba viendo hacia las ventanas del edificio y descubrí que una mujer con aspecto horrible me observaba, esa noche no pude dormir.

 Al cabo de unos minutos noté como mi piel se erizaba por el frío del sereno en la mañana. Me levanté y observé mi reloj con el pequeño Pony rosado en el centro. Era un reloj muy viejo, que mi madre me regaló en mi cumpleaños número ocho, ya habían pasado cuatro años, y seguía funcionando de maravilla, vaya que es un buen aparato. En fin, volviendo a mi objetivo principal (ver la hora)… Di un brinco al ver que las agujas ya marcaban las siete de la mañana con veinticinco minutos, tenía solo cinco minutos para llegar antes de que la campana del primer periodo sonara. ¿Cómo no pude haberme dado cuenta antes?

 Tomé mi mochila y mi libro de matemáticas, corrí lo más rápido que pude, esquivando a las personas y evitando los charcos de agua sucia. A pesar de mi preocupación; esta, era una forma de sentirse viva.

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