CAPÍTULO 25: EL POZO DEL TIEMPO

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Dentro de los grandes tesoros que los monarcas griegos conservaron de generación en generación, se encontraba un hermoso brocal de oro. Pero, a diferencia de una boca de pozo tradicional, aquella era en realidad una magnífica obra de arte, cuya altura era de tan solo un metro y en torno a su redonda superficie tenía tallados a cada uno de los doce dioses del Olimpo.

Según la tradición de los reyes griegos, el mismo dios Zeus había encargado a Hefesto la tarea de forjar aquel pozo de oro. Durante cien días, el dios del fuego y la forja realizó el pesado trabajo de crear esa obra, que sería exhibida en la cima más alta del Monte Olimpo. Y allí estuvo durante miles de años, siendo testigo de todo lo que ocurría en el enorme hogar de los dioses griegos.

Aquella boca comunicaba con un pozo de aguas sagradas. Las deidades disfrutaban personalmente de las aguas, utilizando un ánfora de cristal para extraerlas. A excepción de Zeus, ninguno conocía que la fuente servía de receptáculo de los pensamientos y emociones más fuertes de los dioses. Así que en el pozo se albergaron todos los posibles acontecimientos de la historia del tiempo.

Durante mucho tiempo Atenea y Afrodita pensaron que su padre, utilizaba ese pozo para admirarse a sí mismo en el espejo de agua, al fondo del brocal. Pero siglos más tarde fueron ellas mismas las que alertaron que Zeus dialogaba en secreto, y durante las noches, con voces que provenían del interior del pozo. Eran voces que lo informaban sobre el pasado, el presente y el futuro.

Ante semejante descubrimiento, se desencadenó una guerra entre los dioses. Una guerra terrible en la que participaron dioses y semidioses, héroes y titanes, y en donde fueron los mismos mortales los que pagaron el mayor precio con su propia sangre. Desde Asia Menor hasta Lesbos y el resto del mundo, todos los reinos fueron sacudidos por aquella guerra donde todos deseaban con furia apoderarse del famoso brocal de oro, que fue nombrado por los dioses como el Pozo del Tiempo.

Al final de la guerra, por orden de Zeus, Hércules arrancó el brocal de oro de la cima del Monte Olimpo para entregárselo al rey de Atenas, quien había salido victorioso de la última y decisiva batalla que dio fin al conflicto bélico. Fue así como aquel valioso objeto divino quedó en manos de los mortales, cerrando un cruel capítulo de la historia de los dioses griegos.

Durante los primeros siglos, el Pozo del Tiempo fue conservado por los monarcas griegos en medio de un hermoso jardín. Los niños recién nacidos eran ungidos a los dioses, en una ceremonia donde eran sumergidos en las aguas que podía contener la altura de un metro del brocal.

Uno de esos niños fue el rey Cécrops, quien durante la inmersión a las aguas, fue iluminado por el mismo pozo para conocer las virtudes que aún residían en su materia dorada. A lo largo de su vida, el niño disfrutó de los dones secretos del Pozo del Tiempo. Pero solo sería hasta el inicio de su reinado como monarca de Atenas que explotaría al máximo sus facultades.

Para el rey griego, el Pozo del Tiempo representaba la mejor arma militar, porque le permitía anticiparse a las estrategias del bando enemigo y corregir voluntariamente los azares de la historia del tiempo. Cécrops tuvo a su favor dicha facultad, hasta que uno de sus generales más leales, lo traicionó para apoderarse del brocal tras aliarse con el ejército de Persia.

A partir de entonces, el rumor de que aquel el Pozo del Tiempo era la mejor arma militar del planeta se esparció por el mundo. Fueron muchas batallas que libraron reyes y soldados para apoderarse del hermoso brocal de oro. Pero aquellos que lograban obtenerlo no conseguían preservarlo durante mucho tiempo.

Por lo mismo, cuando estuvo en manos del Imperio Romano, el emperador Domiciano decidió esconderlo en una sala subterránea del Coliseo Romano. Al ser asesinado, en medio de una conspiración efectuada por los oficiales de la corte, el emperador romano se llevó a la tumba los secretos del brocal de oro, por lo que éste pasó a convertirse simplemente en una valiosa y hermosa obra de arte.

Años más tarde, un temblor cerró por completo el acceso a la sala donde permanecía El Pozo del Tiempo, hasta que una misión arqueológica, liderada por un empresario multimillonario, logró rescatarlo. Dicho empresario, le ofreció una fortuna exorbitante al gobierno de Italia para convertirse en el único propietario del brocal. El gobierno italiano aceptó, con la condición de que el brocal no fuese exhibido en ningún museo ni en instituciones públicas, tal como ocurría con los tesoros privados de muchas familias adineradas del país.

El Pozo del Tiempo fue llevado entonces a una bodega subterránea en un banco de la ciudad de Siena. Allí permaneció inmune a la codicia y el deseo de los mortales. Sin embargo, una madrugada de diciembre, por orden expresa del mismo magnate propietario del brocal, un grupo de militares italianos acudió a dicha bodega.

Los militares subieron al brocal sobre un pallet de madera antes de ubicar, encima de éste, un cubo de acero blindado de dos metros de alto. Luego, revistieron el cubo con lona verdes militares y reforzaron la protección de aquella carga con sogas de amarre. Finalmente, el soldado líder del grupo, utilizó un aerosol rojo para marcar las cuatro paredes de la carga con la inscripción WS-284.

La orden recibida por el magnate indicaba que debían transportar la carga al aeropuerto de la ciudad, donde los esperaría un avión militar de carga A400M. Pero rumbo al aeropuerto, la comitiva fue asaltada por un grupo de hombres y mujeres, que se apropiaron del pesado embalaje. Embalaje que diez minutos más tarde estaría a bordo de un viejo tren de la década de 1950. 

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