CAPÍTULO 19: EXHUMACIÓN A MEDIANOCHE

37 5 0

Solo en ocasiones lo despertaba el ruido de los camiones de carga. A veces pensaba que su trabajo era el mejor del mundo, porque podía dormir todas las noches mientras era acompañado por el silencio de las tumbas del cementerio, el cual se hallaba a varios kilómetros del pueblo.

Aquella noche, sin embargo, Alberto Vargas se despertó bruscamente, como si las almas de los difuntos hubieran jalado su espíritu del universo de sus sueños. Lo primero que vio a lo lejos, en medio del jardín camposanto, fue un círculo de luz en medio del cual se podía distinguir la sombra de dos hombres.

Sin ningún temor, tomó su linterna de baterías y se dirigió hacia la zona iluminada. A medida que se acercaba, observó con nitidez a un hombre, cuyo medio cuerpo sobresalía ya de la profundad de la tumba en la que cavaba con la ayuda de una pala. El hombre que lo acompañaba vestía de chaleco, con una pajarita en cuello y sostenía en su mano una lámpara de aceite.

Cuando el vigilante reconoció aquel bonito artefacto de iluminación, tuvo la sensación de que había viajado en el tiempo, introduciéndose en otra época distinta a la suya, a ese siglo XIX del cual provenían los poetas que acostumbraba a leer como Tennyson, Lord Byron y Ruyard Kipling.

—¡Que hacen ahí—gritó Alberto—, ¿por qué se atreven a perturbar la paz de los muertos?

Alberto Vargas alcanzó a ver cómo el hombre que excavaba giró rápidamente su cabeza para mirarlo. Tenía unos ojos hermosos negros, que un segundo más tarde adquirieron una tonalidad casi cristalina. Y entonces en lo mismo que tarda un relámpago en caer a la tierra, los sintió brillar con una furia incontenible.

Tuvo la sensación de que aquellos ojos se transformaron en los de un león que rugió como si aquel hombre tuviese una autoridad universal sobre todas las cosas de este mundo, capaz de humillarlo en su condición de mortal, por el simple hecho de haberse entrometido en lo que no le importaba. Alberto salió disparado a una distancia de dos metros del lugar en el que un momento antes se hallaba de pie: cayó de espaldas en el suelo y perdió al instante el conocimiento.

Los dos hombres continuaron con su asunto y unos minutos después el excavador abría por primera vez en tres años la tapa del ataúd. El cuerpo del difunto se hallaba incorrupto, con el mismo aire solemne y silencioso con el cual había sido enterrado un 10 de diciembre del año 1991. Su rostro de tez morena y cuya edad no sobrepasaba los dieciocho años parecía dormir.

El hombre rubio extendió su mano hacia atrás y sin mirar a su acompañante, recibió un grueso libro cuyo grueso insinuaba que debía tener por lo menos mil páginas. Luego tomó la mano derecha del difunto para descargarla sobre el lomo verde del libro.

—Ahora trabajarás para el Maestro de Saint Martín—dijo—. Cada vez que necesite tu cuerpo me lo prestarás.

Fue entonces cuando los ojos del joven se abrieron lentamente.

A la mañana siguiente, fue el jardinero quien lo despertó. Alberto se puso de pie, tambaleándose como si estuviera ebrio. Lo primero que hizo fue acercarse a la tumba en la que habían estado los dos hombres y sin sorpresa observó que permanecía intacta, como siempre lo había estado y sin ningún indicio que delatara que la noche anterior hubieran excavado en ésta. Luego se fijó en el nombre de la lápida: César Augusto Acevedo Guzmán.

El resto del día, Alberto convivió con la misma sensación de embriaguez y cada vez que evocaba esa mirada relampagueante, sentía que sus pupilas era lastimadas, como si se atreviera a levantar su vista hacia el mismo brillo del sol. 

La Guerra SolarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora