CAPÍTULO 17: REGRESO A COLOMBIA

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Durante el vuelo de regreso, Luna viajó recostada en una comodísima butaca desde la cual, a través de una ventana, podía apreciar la inmensidad del cielo azul y sus estrellas. Aunque no podía negar que estaba dolida por el fallecimiento de su compañera sentimental, ella sentía que una fuerza poderosa la acompañaba, más intensa que el auxilio ya proporcionado por la Pirámide de Kefrén.

—No te olvidaré Sofía—se decía en silencio—. Te llevaré siempre en mi corazón.

Era una fuerza de energía que era más potente que la estabilidad emocional que podía garantizarle su formación militar, que le había enseñado a tener control sobre sus ideas y sentimientos. Por eso, mientras acariciaba entre sus dedos la luna de la cadena de oro blanco que había heredado, su mente se deslizaba con facilidad entre los recuerdos que le dejaban su noviazgo con Sofía.

Todavía recordaba la noche en que ambas decidieron ser novias. Fue el mismo día en que Monique y Reik celebraron el inicio de su relación en lo alto de la Torre Eiffel en París, Francia. En medio de las luces multicolores de la discoteca, mientras bailaban con los demás, a ambas solo les bastó una mirada mutua para delatarse la una a la otra su condición lésbica.

Al cabo de unos tragos y canciones más, Sofía agarró su mano y huyeron de la discoteca riéndose. Trinity y Marshall, como el resto de los miembros de la recién formada Brigada Púrpura, entendieron lo que significaba esa huida, cuya puerta abierta dejó a la vista por un instante la claridad de una noche iluminada por la luna llena.

—Así que eres francotiradora—le dijo Sofía sin soltarla de la mano.

—También soy experta en explosivos—le respondió.

—Pero estás muy joven. Eres una niña, Luna, apenas tienes veinticuatro años.

—Un número no define la experiencia y el talento de una persona. Soy hija de militares.

—¡Ah! De acuerdo... ¿y qué te gusta más? Jugar con los explosivos o romper cráneos con las francotiradoras.

—Es más divertido ser francotiradora—confesó Luna—. Es como ser el Cupido de la muerte.

Entonces, en un gesto de inesperada violencia, Sofía tomó a Luna del cuello de su guerrera y la empujó contra el vidrio del escaparate de la tienda frente a la que caminaban hasta ese momento. Fue un gesto demasiado rápido que dejó a la víctima sin defensa alguna.

La joven militar entendió con gusto la naturaleza de esa violencia, por el modo en que le sonreía su agresora, quien ahora que la tenía frente a la espada y la pared, empezó a deslizar con lentitud sus manos hacia abajo.

—Pues a mí—dijo Sofía con una tremenda furia sexual—, me fulminaste solo con tu mirada.

Luna sintió cómo las manos de la mujer se hundían frente a sus senos y seguía la ruta de manosearla, hasta que se detuvo a la altura de su cintura. Justo en ese momento, Sofía se atrevió a darle el primer beso en la boca, que fue correspondido por Luna. Ambas se besaron durante treinta segundos.

Cuando el beso concluyó, la agresiva Sofía le ofreció una sonrisa tierna, como si intentará justificar el pecado de haberla tratado de esa manera. Y continuó su amable justificación acariciándole su cabello y regalándole besos en su rostro, mientras ella le manifestaba su perdón, mirándola con unos ojos humildes.

Entonces, los ojos de Luna se inundaron de absoluta fascinación cuando sintió que los dedos de ella tocaron su entrepierna. A la joven le tomó dos segundos percibir que los dedos desnudos de Sofía, no estaban acariciando la superficie de su jean militar, sino que estaban realizando contacto directo con los labios de su vagina.

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