CAPÍTULO 17: REGRESO A COLOMBIA

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—Me pidió que te la entregara—dijo Rasec.

Con cierta melancolía, Luna sonrió al descubrir que entre su mano extendida sobre la mesa y la mano que Rasec apoyaba sobre la suya, existía algo que desprendía un calor metálico. Cuando segundos antes, él le pidió que abriera su mano porque iba a darle una sorpresa, ella pensó por un instante que iba a regalarle alguno de los chocolates que había tomado del mostrador de aquel café.

Entonces, cuando Rasec retiró su mano, antes de levantarse de la mesa, Luna pudo apreciar el collar que su novia le había dejado en herencia. Se trataba de una cadena de oro blanco que formaba una pequeña montañita de metal sobre la cual descansaba un hermoso dije con forma de luna. La joven militar había olvidado casi por completo la existencia de aquella joya.

Una sonrisa de honesta felicidad la atravesó por completo. Luego, cuando levantó su mirada, se dio cuenta que todos los demás miembros de la Brigada Púrpura estaban compartiendo su misma emoción. Un maravilloso rayo de luz que había perforado la desdichada nube que generó la muerte de Sofía.

A esa hora, la luz del día se iba opacando cada vez más, dando fin a la tarde.

—Nos iremos de aquí—dijo con autoridad Rasec—, cuando Luna lo ordene.

—Entonces—contestó ella misma de inmediato—, nos vamos ahora mismo.

Para localizar a Luna no había sido necesario utilizar los smartphones. La fuerza de la Pirámide de Kefrén, que había retornado a respaldarlos en medio de la melancolía que sentían en ese momento, les permitió sentir la posición exacta en donde se encontraba.

Así que después de abandonar el Mount Olivet Cemetery, tomaron dos autos disponibles a la entrada de dicho camposanto y realizaron el acto de presencia en el café. Todos ingresaron en silencio, respetando a la solitaria Luna, quien los saludó con una sonrisa triste.

Solo hasta una hora más tarde, cuando ya el clima de aquel establecimiento se había matizado con una que otra risa amigable, Rasec tuvo valor de sentarse frente a ella. Durante diez segundos le sonrió mirándola directo a sus ojos, confirmándole que contaba con todo su apoyo. La joven francotiradora y experta en explosivos tuvo la sensación de que estaba frente a un hermano mayor.

Sofía, sin pronunciar ninguna palabra, le había pedido que le entregara a su novia aquella joya. Ni siquiera tuvo que realizar un susurro telepático para indicarle a Rasec su deseo: solo tomó el dije plateado con forma de luna entre sus manos y luego fijó sus ojos en los de aliado, compañero y amigo. El joven entendió su petición mientras observaba cómo la luz se desvanecía de sus ojos, antes de cerrarlos por completo.

—¡Andando!—les gritó Luna al verlos inmóviles sobre las mesas—. No podemos dejar que el mundo quede en manos de un payaso. La vida sigue.

—De acuerdo, de acuerdo—respondió Marshall, quien en un acto de sumisión ubicó sus manos frente a sus hombros—. Nos vamos.

—Nos fuimos—concluyó Monique—. Me encanta el espíritu de esta guerrera.

Alrededor de treinta kilómetros existían entre ese café y la autopista interestatal sobre la que había aterrizado el jet privado con el que había llegado a Chicago. Fue la misma Ana Aguirre quien seleccionó ese modelo de aeronave, cuyo interior estaba dotado de un elegante lujo. La directora de White Shadows estuvo a cargo de conducirlo en tiempo real con su software de navegación.

El viaje desde Colombia había tardado cerca de seis horas, pese a que dicha aeronave hubiese podido llegar en menos tiempo a dicho destino. Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional O'Hare, el Airbus A380 bombardeado por Nuboff, terminaba de ser consumido por las llamas.

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