27- Félix

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La llamada de Lucas fue la cereza de una serie de eventos desastrosos.

Como la chispa escurridiza de una fogata que empieza a consumir poco a poco un paisaje apacible, hasta transformarse en un incendio.

Y mientras corría por el centro de la ciudad, revisando cada callejón con una Brenda angustiada que intentaba seguirme el ritmo, fue como si las últimas semanas se reprodujeran en cámara rápida dentro de mi cabeza.

Todas las cosas horribles que le dije a Lucas dejaron de cobrar sentido cuando a mi ira la aplastó la culpabilidad. No era un sentimiento ajeno. Y eso fue lo más doloroso: darme cuenta que había vivido siempre así, sintiéndome culpable por cada cosa que hacía. Mi eterna mochila de culpabilidad la llevaba desde la muerte de mis padres. 

Desde que Irene tuvo que cargar conmigo y arruiné su vida.

Y todo porque no podía ponerle una correa a mi carácter impulsivo, por nunca quedarme callado, por mi constante necesidad de imponerme. « ¡Pero es que así soy yo! », pensaba, frustrado con el mundo y conmigo mismo. Frustrado con ellos por ser tan débiles y quejicas. No podía soportar a los llorones. ¿Por la gente tiene que ser tan sensible? 

Entonces volvía a recordar la expresión dolida de Lucas. 

« Así soy yo, y si no les gusta, ¡que se jodan! ».

Esto es lo que soy.

Repetía a menudo esa frase en mi mente. Me daba un asidero mental, pero las cosquillas de culpabilidad continuaban allí, peleándose contra mi terquedad, con mi incipiente debilidad.

—Tenemos que ser fuertes, Félix —fueron las palabras de Irene en una ocasión. Su sonrisa era triste y cansada, pero sus ojos contenían una fuerza deslumbrante—. Porque solo somos tú y yo en este mundo.

Tenía entre ocho años entonces y a menudo llegaba a casa lloriqueando, cubierto de moretones. Los niños de mi escuela solían meterse conmigo. Irene se enfrentaba a mis maestras y maestros por eso, pero cambiarme de escuela no sirvió. Yo tenía ojos de presa. Y los demás niños se daban cuenta de eso como depredadores expertos.

—¿Solos? —repetí. 

Irene parecía a punto de echarse a llorar. Pero no lo hizo. Siempre se componía delante de mí. Por mí. Todo lo hacía por mí, y lo único que yo hacía era lloriquear, deseando volver a casa porque le temía a los demás niños, especialmente a los de mi mismo color. 

Patético.

—Vivimos en un mundo cruel y quiero que lo entiendas ahora, Félix, porque no siempre podré estar ahí para protegerte. ¿Puedes ser fuerte por mí? —Me dio un cariñoso apretón en la mejilla y yo me limpié las lágrimas, asintiendo—. Nunca dejes que pasen por encima de ti. ¡No te dejes aplastar por nadie! Algunos aprovecharán cualquier muestra debilidad para usarla en tu contra. 

 

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