Saturno

1.5K 431 248

«Saturno está a 1.5 mil millones de kilómetros de la tierra».

Creo que pronto estaré muerta.

Apenas soy capaz de respirar. Me duele todo el cuerpo y las piernas me pesan. Siento cómo el frio del pavimento se cuela por mis venas; solo por eso, sé que estoy tumbada en el suelo. La humedad inunda mis poros. Me estoy congelando. Por mucho que intento moverme, o articular palabra, no lo consigo.

Me estoy congelando.

Tengo los sentidos bloqueados. Cuando abro los ojos, lo primero que pienso es en que no veo. «No veo», me repito. La oscuridad se abalanza sobre mí como un lobo hambriento y empiezo a ponerme nerviosa. Aunque no distingo olores, no me gusta ese polvillo desagradable que se me cuela por las fosas nasales. Tengo el presentimiento de que la destrucción me rodea. ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí?

No recuerdo nada.

Ni siquiera sé cómo me llamo.

Alargo la mano y palpo el suelo; quizás tengo que levantarme. Los huesos me crujen pero finalmente consigo ponerme de pie. Las entrañas se me revuelven. Estoy empezando a marearme. Uno de mis brazos no funciona, por lo que me pongo solo la mano buena en la rodilla e intento guardar el equilibrio. Cada vez que toso, una punzada de dolor me recorre el cuerpo.

Estoy derrotada, ansiosa y asustada. No veo. No veo.

«De pequeños solíamos decir que viajaríamos a otro planeta. A mí siempre me había gustado Mercurio. Tú preferías Saturno. Está más lejos, me decías. Tardaremos más en volver».

Me asusto al escuchar esas palabras dentro de mi cabeza. Jadeo, e intento tranquilizarme pensando que las he pronunciado yo; pero en el fondo sé que no es así. Mi voz no suena de esa manera. Me tapo la cara con una mano, agobiada.

De repente, escucho el suave murmullo de una risa.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, la claridad me quema la retina. Parpadeo hasta que me doy cuenta de dónde estoy. Es un dormitorio.

Las paredes están pintadas de azul oscuro y todo un universo de estrellas cuelga del techo. En el centro de la sala, junto a la cama, hay un niño y una niña. Él tiene el pelo claro, la sonrisa mellada y los ojos brillantes. Se ríe a carcajadas mientras persigue a su amiga por toda la habitación. A ella no consigo verle la cara, pero sé que también se está riendo. Sortea los juguetes que hay tirados por el suelo a toda velocidad, y entonces ambos corren hasta la puerta del cuarto y salen al pasillo.

Me apresuro a seguirlos. No obstante, cuando me asomo al corredor, los niños han desaparecido. Allí solo queda oscuridad.

«A cualquier persona le habría parecido una locura, pero para nosotros no había nada imposible. Nos prometimos mutuamente que nos llevaríamos a Saturno el uno al otro».

Me asusta, pero acabó cediendo ante lo que me pide el cuerpo: con pasos temblorosos, echo a andar por el corredor. Aquí hace todavía más frío. Me abrazo a mí misma con mucha fuerza, y una punzada de dolor me recorre la parte izquierda del cuerpo. Creo que me he roto un brazo. Pero por lo menos ahora respiro. Por lo menos ahora veo.

El pasillo está lleno de puertas entreabiertas. Me acerco a una de ellas, con cuidado; porque en el fondo estoy muy asustada. Al otro lado, oigo a gente cantando. De nuevo, me encuentro a los dos niños. Están rodeados de gente y van vestidos casi igual. Están abriendo regalos. En la parte superior de la pared, alguien ha colgado una pancarta muy colorida. Intento leerla, pero confundo las letras. Hay adornos navideños por todos lados. Los invitados intercambian bebidas y comen los aperitivos que hay sobre la mesa.

Saturno¡Lee esta historia GRATIS!