Parte sin título 16

2 1 0


Capítulo 16

—Comencemos —dijo el maestro Figoren.

—De acuerdo totalmente —le respondió Piersolain.

El chirrido de neumáticos sobre el pavimento los interrumpió. Muchas patrullas de la policía, tanto las impulsadas por caballos, como las impulsadas por motores de combustión, arribaron al lugar. Se bajaron más de cincuenta policías y se colocaron en diversos lugares, rodeando y apuntándoles con sus armas a los miembros de la coalición. Estos últimos se aprestaban a deponer sus armas cuando tras una señal de mano emitida por sus dos líderes, les hizo desistir. En cambio, comenzaron apuntar tanto con sus armas de fuego como con sus flechas, lanzas y diversas espadas y/o puñales. También tenían unos pocos hombres y mujeres apostados en las azoteas de los edificios que estaban alrededor del área.

De uno de los vehículos se bajó el alcalde. Muchos se sorprendieron al ver al alcalde en persona. El hombre, quien era obeso mórbido, se acercó poco a poco a Piersolain. Respiraba con dificultad. Dijo:

—Vaya, eres el líder de los ateos, quien lo hubiera sabido. Estudiaste conmigo mucho tiempo atrás.

Piersolain le respondió:

—Sí, cuando eras diferente. Cuando no eras un político, títere del régimen. Avergüénzate.

—Pier, Pier, Pier, no cambias. ¡Idealista! Hasta aquí llega esto. Diles a tus hombres que bajen las armas. No vale la pena que mueran luchando por un sueño vano. Con suerte solo estarán presos por largo tiempo (río, luego tosió).

—Intenta arrestarnos, serás el primero en caer.

Con un movimiento rápido colocó al alcalde frente a él y con un puñal sobre el lado derecho de su yugular mientras, con su otra mano apuntaba su Thompson hacia el frente. Copiosamente sudaba el alcalde aunque le decía a Piersolain que no saldría de ésta.

Un bando le apuntaba al otro. Silencio total. Yamirelis estaba nerviosa, no cesaba de masticarse las uñas. Lois agarrando con fuerza un puñal. El silencio duro poco, debido al sonido de sirenas en todo el sector, proveniente de diversos postes con altavoces. El sonido era similar al que utilizaban en el otro lado del Mundo para avisar a la población de bombardeos aéreos, tsunamis, etcétera. Por eso Yamirelis cerró sus ojos.

El sonido cesó. Ella abrió los ojos. Se sorprendió al ver a todos, tantos los policías como los miembros de la coalición, arrodillados. El maestro la agarró por el brazo y la hizo arrodillarse también. Ella, consternada, preguntó:

— ¿Qué pasa?

El maestro contestó:

—Ahí viene...

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!