Jueves

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Pero, me temo que me equivoqué: sorpresa pequeña, pero sorpresa al fin y al cabo.

No cabía en mi imaginación que Sofiriena hubiera encontrado trabajo en menos de dos horas desde que volviéramos al moderno Espinho do lago. Su carácter abierto le había hecho encontrar un sitio como camarera en un bar cercano a mi instituto, lugar desde el cual y, según sus mismas palabras, se dedicaría a buscar a la persona que le había traído hasta allí. Bien por ella, pensé.

Tal era el carácter de la chica, que no tardó en hacerse popular por tres grandes motivos.

El primero, que tenía un encanto especial que llamaba la atención de la mayor parte de la gente; cosa que unida a su agradable físico era una combinación perfecta. Gracias a ella, ese bar de pueblo de tercera categoría era uno concurrido y popular. Sólo por su simple presencia.

Su segundo punto llamativo era su dicharachería: Por si no ha quedado claro durante el resto de mi relato, era una chica de conversación fácil, ágil y rápida a la par que muy aguda. Quien le dirigía la palabra, salía sonriendo tras pagar la cuenta gracias a su larga ristra de sonrisas, comentarios amables, chascarrillos y sarcasmos.

Y como tercer encanto... su fuerza de mulo de carga.

Aunque, como siempre, mi cara no lo manifestara, contemplar cómo esa chiquilla que apenas me llegaba al mentón era capaz de levantar seis cajas de bebidas apiladas una encima de otra con un solo brazo me creó un nudo en la garganta. A mí, y a todos los que estaban en los alrededores. Ya sabía que fuerza le sobraba, pero ni en mis sueños más locos habría imaginado que pudiera levantar tanto peso sin perder ni el equilibrio ni la sonrisa.

Por si las moscas, mejor no me pasaba de lista con ella y así me ahorraba una bofetada que me arrancaría media cara.

De nuevo, cómo lo lograra me traía sin cuidado así que, tras acabar con mis deberes académicos y comer un par de fruslerías en mi casi siempre vacía casa, me encaminé hacia el antiguo Espinho do lago.

Antiguo y a la vez nuevo... me costaba aceptar que nadie se hubiera dado cuenta de que, por allí, todo había vuelto a su estado floreciente de más de cincuenta años atrás. En dos días había pasado del abandono total a su algo más glorioso pasado. Y la única habitante local que lo sabía era yo.

Cuando esa mañana me desperté en la habitación que Sofiriena amablemente me había reservado, ya no se sentía el estruendo de las obras del pueblo que aún escuchaba cuando trataba de conciliar el sueño. El único ruido que percibí fue el de alguien que cocinaba abajo; la siempre sonriente Sofiriena, cómo no. Y cuando me asomé por la puerta de la casona, supe la razón de ese extraño, aunque a la vez normal, silencio: No había nada que terminar porque ya estaba todo acabado.

Las calles relucían de lo blancas que estaban, el adoquinado había vuelto al antiguo Espinho do lago por lo que ya no tenía que temer por hundir mis botas en el barro; el encalado en las paredes le daban un aspecto fresco y acogedor; los tejados, perfectamente reparados, mantenían sus coberturas con fuerza y un poderoso color rojo; y todas las puertas, renovadas desde cero, estaban cerradas a cal y canto. No logré ver ningún movimiento a esas horas de la mañana mientras el sol comenzaba a asomar muy tímidamente más allá de la meseta del este ni en las calles ni a través de las cortinadas ventanas. A simple vista, en esa brumosa mañana sólo dos personas habitaban ese nada ruinoso pueblo abandonado.

Ahora, de vuelta al presente, regresaba a la vieja aldea para pasar otra tranquila tarde. No se me quitaba la extraña sensación de que por allí seguiría notando presencias pero, aún así, no me importaba en tanto en cuanto me permitieran dormir mi siesta predilecta en la paz de las sombras de ese renovado abandono.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now