Parte 2

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Bajamos en silencio las escaleras de la estación. Casi tropiezo de nuevo, aun aturdida por el beso que acababa de recibir, o más bien por el torbellino que eso había causado en mi cabeza.

Usamos su tarjeta para pasar por los tornos y nos dirigimos al andén.

Le hice un par de preguntas sobre las líneas del metro y los intercambiadores. Él se acercó a un plano que había en la pared y me respondió de mala gana, explicándome el camino que íbamos a seguir. Yo no pude prestar atención, estaba demasiado nerviosa pensando en cómo lograr que me perdonara, en cómo caerle bien, en cómo explicar en casa lo que había pasado y en cómo mi amor imposible me había cogido por la cintura y me había besado.

Terminó su explicación y se alejó. Yo me quedé mirando el plano frunciendo el ceño y acariciándome la barbilla, como si me hubiese enterado de algo.

A los pocos segundos sentí un extraño nudo en la garganta, como si tuviera un pequeño huevo atascado.

Busqué a Héctor con la mirada, se había acercado al borde del andén, tenía las puntas de las zapatillas en el aire y miraba pensativo las vías.

No sé por qué le llamé, me salió de forma automática. Pensé que se enfadaría, pero se limitó a volver a donde yo estaba, y el nudo de mi garganta desapareció.

—¿Qué pasó antes? —preguntó Héctor—. Con tu móvil y eso.

—Bueno —noté cómo me sudaban las manos—. Me perdí y pedí ayuda a un grupo de chicos. Eran cuatro o cinco. Me dijeron que me acompañarían a mi tren y bueno, en realidad me llevaron fuera de la estación y —tragué saliva recordando aquello— me amenazaron y me pidieron el móvil y la cartera. Y tabaco, pero no tengo tabaco.

Héctor no dijo nada. Solo me miraba expectante.

—Les di las cosas y ya está —dije avergonzada—. A lo mejor podría haberles empujado o...

—Hiciste bien —miró al suelo y carraspeó—. ¿Te hicieron algo?

—No.

—¿Estás bien?

—Sí.

Clavó sus intranquilos ojos en mí unos segundos antes de que apareciera por fin un tren.

—Puedes ir luego a denunciar con tus padres. Con las cámaras y eso pueden pillarles.

Mis padres. En fin.

Entramos en el vagón, estaba casi vacío. Me senté y cogí la mochila, haciéndole hueco a Héctor. Él no se sentó a mi lado, se sentó enfrente de mí y se puso a mirar el móvil.

Las puertas del vagón se cerraron y el metro empezó a moverse.

Héctor no me miraba ni por error, agitaba una pierna y daba pequeños golpes con la escayola en una barra de metal, nervioso.

En el instituto siempre lograba evitarme, y cuando lograba dar con él siempre había demasiada gente alrededor como para que yo pudiera hablarle sin balbucear. Ahora estábamos solos y él no podía huir. Era la oportunidad perfecta para salvar mi vida social. No podía hablar de nuestro problema ni intentar disculparme porque eso no había salido nada bien en el pasado. Así que intenté al menos romper el hielo.

—¿Qué tal el finde? —le pregunté.

Él me miró con hastío, no se molestó ni en mandarme a la mierda. Sacó unos auriculares y se los puso.

Me odiaba tanto... y yo la había liado tanto...

El primer día de clase caminé por mi nuevo instituto con la cabeza bien alta, sin cruzar la mirada con nadie. Entré en el aula que me correspondía como si fuera un día más. No podía permitir que olieran mi miedo.

CuervoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora