26- Lucas

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LUCAS


Mi primer pensamiento al ver la expresión rabiosa y ligeramente mortificada de Félix cuando salió del café, no fue uno que me hiciera sentir orgulloso.

«Terminó con él», susurró aquella voz maliciosa que vivía en mi cabeza, acompañada de una mezquina sensación de felicidad. Pero solo duró unos segundos. Los necesarios para reaccionar y darme cuenta de que estaba siendo un imbécil.

«Es tu amigo, caracharco estúpido», dijo la otra voz de mi consciencia. Era mucho menos aduladora y agradable que la otra, pero al menos mantenía mis cables a tierra.

Leo apuntó la puerta que acababa de cerrarse con cierta dureza tras la salida de Félix y me miró.

—¿Ese no era...?

Le pasé mi café apresuradamente.

—Iré a hablar con él.

Mis pies parecieron obtener la absoluta autonomía de mi cuerpo cuando me vi saliendo a la calle para abordarlo antes de que cruzara. Hacía tanto frío que incluso al exhalar aire por la nariz, este se transformaba en vaho.

Agarré a Félix del brazo y se giró con una expresión molesta. Pero al verme parpadeó, removiendo los pies sin sostener del todo mi mirada. Si lo conocía bien, lo que le molestaba en esos momentos era mostrarse avergonzado delante de alguien. Incluso si ese alguien era yo.

«No te des tanta importancia », susurró la voz autodestructiva.

—¿Qué fue eso? —le pregunté.

Hizo un gesto brusco con la mano, casi gruñendo::

—Nada. No es asunto tuyo.

—No seas inmaduro.

—Tengo dieciséis años. Seré inmaduro todo lo que quiera.

Contuve las ganas de resoplar con mordacidad ante el tono ridículamente caprichoso de su voz. Pero sabía lo que pretendía hacer con esa actitud de mierda, por lo que no me dejé manipular esta vez.

Lo miré a los ojos sin perder la calma

—¿Por qué estás tan enojado?

—Siempre estoy enojado.

—Él... te hizo algo allá, ¿no?

Parpadeó un par de veces.

—No —dijo al fin.

—¿Se pelearon? Félix, sabes que puedes hablarme. Estoy aquí ahora, ¿no?

Me miró con la boca entreabierta, como si acabara de caer en la cuenta de algo. Luego se pasó la mano por el cabello de su nuca, menos tenso ahora. Un pequeño suspiro escapó de sus labios.

—Algo así..., bueno, no sé —murmuró—. Es que...., o sea, igual quizá es una tontería...

Bajó la vista hacia sus zapatillas por unos momentos, inusualmente dubitativo. No parecía muy claro en sus ideas. Enterró las manos en los bolsillos de su chaqueta azul y luego miró por encima de mi hombro, abriendo más los ojos. Giré mi cabeza.

Veracruz caminaba hacia nosotros. O más bien hacia Félix. Lucía una expresión conciliadora y arrepentida, como alguien que sabe que la ha cagado. Pero al verme, su rostro se transformó en una máscara de rectitud. Sonrió un poco al mirar a Félix, pero sus ojos eran interrogantes.

—¿Dorito?

—¿Qué quieres ahora? —masculló el erizo, aunque su tono era diferente al que ocupó conmigo. Le faltaba resolución y parecía invitar mucho más al diálogo, como un niño que insiste en prolongar una rabieta.

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