Capítulo 1: Música y sangre

1.2K 58 40

El bullicio hizo acto de presencia en la posada del viejo Ghail. La música, producida por el platerspiel y la fídula de los intérpretes, inundaba la fonda con una alegre melodía que invitaba a bailar.

Como en toda buena posada que se precie, abundaba la cerveza saltando de las jarras al ser entrechocadas. Las risas de los pueblerinos rebotaban en cada esquina de la estancia, haciendo vibrar la madera de las paredes mientras alguno de ellos, con el cerebro nublado por los vasos de sidra, tiraba los tejos a Marie, la hija del posadero.

Tampoco faltaban las peleas; ni las mujeres de vestido corto que vendían felicidad a cambio de veinte monedas de cobre; ni las raciones de estofado, queso y frutas que servía la mujer de Ghail.

Desde luego, sería imposible adivinar que fuera de la posada estuviera lloviendo. La música, mezclada con las risas, gritos y conversaciones subidas de tono de los campesinos, hacía que el gentío no prestara atención a nada que no fuese lo que dentro de aquel mesón sucedía. Tan solo cuando una nube traviesa cubrió la luna, desvelando una oscuridad casi absoluta, la música cesó. La risa de aquellos hombres y mujeres fue amortiguada por la penumbra. Las peleas se detuvieron y la cerveza permaneció dentro de sus jarras, temerosa de salir. Fue justo en aquel instante, cuando la oscuridad de la noche ocupaba su lugar en la posada, asustando la luz de las velas, que se retiraba al igual que un niño pequeño ante un perro rabioso, cuando la muchedumbre fue consciente de la fragilidad de sus vidas y del peligro que desentraña la noche y su manto negro.

Cuando se lleva tanto tiempo viviendo en las sombras, es fácil distinguir las tinieblas que te rodean. Por este motivo, aquellas personas sabían que la opacidad que envolvía el ambiente no traería nada bueno.

La puerta de la posada se abrió, rompiendo con el silencio que se había formado en la estancia y dejando paso al sonido de la lluvia, que se coló en la habitación, suave y elegante. Quizá por eso nadie prestó atención a la melodía que tarareaba la joven que acababa de entrar, o quizá fuese la propia muchacha, con el pelo negro y mojado cayéndole sobre los hombros, la que hizo que todos se relajasen y volvieran a sus quehaceres; todos menos Ghail, que avanzó hacia la muchacha, nervioso. El posadero había notado perfectamente cómo la luz de las velas disminuía cuando aquella niña pasaba por su lado. La mayoría de los clientes, absortos en lo que hacían, no se habían dado cuenta, pero él sabía que aquella joven no era lo que parecía, se lo decía su instinto de hombre viejo y sabio. Con un gesto, indicó a su hija que atendiera la barra. Luego se dirigió a la recién llegada.

-¿Puedo ayudarle en algo, señorita? Tenemos estofado recién hecho. Puedo servirle una ración mientras no llegan sus padres.

La muchacha mostró una extraña sonrisa, pero no contestó a la pregunta del posadero. Se limitó a acercarse más a él, volviendo a tararear la melodía que entonaba cuando había entrado.

La expresión de Ghail cambió por completo al escuchar a la joven, que sonrió de nuevo, clavando sus fríos ojos azules en los del tabernero.

-Veo que conoces la canción -comentó la chica.

Ghail comenzó a moverse, incómodo. Claro que la conocía, él mismo había compuesto la letra, pero no tenía intención de desvelarle a nadie los secretos que ocultaba.

-Mira, me da igual que seas la hija de algún noble ricachón -dijo el posadero-. Si has venido a causar problemas es mejor que te vayas.

Pero la joven no lo hizo. Avanzó más hacia el cuerpo enjuto del dueño del local, y entonces su expresión se endureció. La intensidad de la luz se volvió todavía más tenue, haciendo que muchos de los comensales dirigieran su mirada hacia el lugar de la conversación.

El corazón de la diosa (Relato corto) #OmegaAwards¡Lee esta historia GRATIS!