Capítulo 33

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PERDÓN POR LA TARDANZA, SEMANA DIFÍCIL, DISFRUTEN SU CAPÍTULO:

Calder era consciente de lo mucho que Blake se esforzaba por permanecer constantemente a su lado, fuera a donde fuera e hiciera lo que hiciera, su esposa prefería perseguirlo por doquier, acompañada siempre por sus dos hijos y sus correspondientes nanas. Ya habían pasado dos semanas desde que Giorgiana había partido hacia Lexington, pidiendo a su sobrina que la acompañara, pero Blake se había negado argumentando la temprana edad de sus hijos y prefirió sugerir a Simoneta como compañía, pero en esa ocasión, Calder se negó. No sabría cómo darle aquella explicación al señor Davids si es que acaso regresaba antes. Así que Giorgiana partió y Simoneta se quedó, sin embargo, su esposa no se encontraba tan contenta con su presencia como en un inicio. De hecho, apenas y pasaban tiempo juntas y si se podía, Blake la evitaba todo lo posible. Calder tampoco se metía a preguntar, pero era algo que brincaba a los ojos.

—Dime Blake, ¿Hay algún problema con Simoneta?

—¿Qué? —su esposa se encontraba en el despacho, junto a sus dos hijos quienes estaban tirados sobre mantas en el suelo— No, para nada ¿Por qué lo dices?

—Te noto extraña, ¿Es que acaso deseas que la mandemos de regreso a casa? El señor Davids no ha de tardar en regresar y creo que...

—No le haría tal cosa —se negó la joven—, se ve tan tranquila y despreocupada. Volver a su casa sería recordarle la miseria en la que vive.

Calder asintió.

—Entonces, ¿Cuál es la razón para que estés conmigo todo el tiempo y no con ella?

—¿Razón? —sonrió— ¿Qué tiene de malo que una esposa quiera estar junto a su esposo?

—En una mujer normal, nada. En ti, todo.

—Vamos, vamos. Soy una mujer normal —dijo Blake, tomando en brazos a su bebé y sonriéndole.

En ese momento, la puerta del despacho se abría, dando paso a Guillermo Marfet, la razón por la que Blake no se separaba de Calder. Era una forma de asegurar dos frentes. El capataz no podría hacerle daño a su esposo o decirle algo si ella estaba cerca, al mismo tiempo no podía intimidarla estando su marido con ella. Por lo tanto, estaba mucho más tranquila, aunque a Calder le pareciera una molestia su presencia.

—Señora —sonrió Marfet—, mi señor, me temo que lo necesitan, hay unos problemas con los arrendatarios.

—¿De nuevo?

—Eso me temo señor.

—Bien, iré en seguida —aseguró Calder, firmando algunos papeles para después ponerse en pie.

—Calder —Blake hizo lo mismo— ¿Puedo ir?

Su esposo frunció el ceño y negó.

—Me temo que no, será un viaje tedioso e iré a discutir temas que pueden pasarse de las palabras que una dama deba escuchar.

—Puedo ayudar, tengo dones diplomáticos.

—Lo sé —le tomó la cara—, pero querrás ir con los niños y no será un buen lugar para tenerlos. Regresaré pronto.

Calder besó la nariz de su esposa y colocó su chaqueta de gala, inclinándose ante sus hijos en el suelo para darles un beso de despedida y salir de la habitación, dejando a la nerviosa mujer con su constante acosador.

—Lo has pensado bien Blake, debo admitir que me costó trabajo.

—Déjeme tranquila o gritaré.

—Claro, claro que lo harás. Pero si tú hablas yo hablo y sabemos lo mal que puede ir si yo lo hago.

—¿Qué quiere ahora?

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