Prólogo

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Tenía los ojos bañados en llanto y la angustia de aquella despedida ahogándose en su garganta. A sus quince inviernos había visto marchar centenares de soldados y regresar sólo unos cuantos. Siempre partían así: montados sobre recios corceles al despuntar el alba. A los casados sus mujeres les ataban sus pañuelos al cuello, acompañándoles así de manera simbólica en el viaje y la batalla.

No era ella una mujer aún, no a su corta edad, a pesar de que en otras tierras se le consideraría toda una hembra, para el Imperio todavía faltaban dos inviernos. Su cobrizo cabello lo traía enmarañado en una improvisada trenza y la pálida piel de su rostro contrastaba con las pequeñas pecas que lo poblaban de lleno y con sus rosados labios partidos por el frío. No le faltaba belleza para ser solo una provinciana sencilla, hija de un herrero viudo.

—Me marcho al amanecer —le había dicho la tarde anterior, después de soltarla de aquel cálido abrazo que por sorpresa le había dado.

—¿De qué estás hablando? —las palabras trémulas se le atoraron en el pecho agitado y le encendieron las mejillas—. ¿Dónde vas Ledt?

—Conseguí que mi padre me aceptara entre sus filas. —Ella vio la emoción en sus ojos. Sabía más que nadie cuánto significaba para su amigo conseguir la aprobación del padre—. Mañana emprenderemos rumbo a la frontera norte.

—¿Te das cuenta de lo que eso significa? —Su mirada se perdió dentro de los ilusionados ojos del muchacho—. Irás al frente, ni siquiera has visto como llegan los hombres del Legado después de las campañas.

—Con la victoria sobre los hombros. —Sonrió y miró el horizonte infinito teñirse de rojo; las estocadas finales del sol antes de morir en las fauces de Himea—. Además soldados de Farthias nos cubren la retaguardia. No hay mejores guerreros que ellos, eso es sabido.

—Regresa Ledthrin hijo de Ehrim. —Esta vez ella se arrojó a sus brazos. Así se quedaron el delgado muchacho y la pelirroja, envueltos en un abrazo, hasta que las estrellas reclamaron el firmamento y el ritmo de sus corazones se hizo uno—. Rezaré por ti cada noche, hasta que te vea traer la victoria sobre tu lomo. Cabeza hueca.

—Es una promesa Hiddigh. —Le besó la frente —. Y yo siempre cumplo mis promesas.

—Ya estoy rogando porque así sea o el mismo Legado se las verá conmigo. —Una sonrisa intentó abrigar su nerviosismo— ¿Cómo se atreve a meter chiquillos entre sus filas?.

—No hables mal de mi padre. —Frunció el ceño y luego sonrió, con aquella calidez que le caracterizaba—. Además no soy un chiquillo. Mira, ya se está poblando mi rostro.

—¿Bromeas? —Una carcajada que ahogó con la palma de la mano, terminó con el abrazo en que estaban envueltos—. Tres pelillos en el mentón y ya te crees varón hecho y derecho. Vamos, has visto la misma cantidad de inviernos y veranos que yo y aún nos llaman chiquillos a ambos, no te pases.

—Adiós Hiddigh. —Lo vio sonreír por última vez antes de montarse a su caballo y perderse entre las callejuelas del pueblo—. Nos volveremos a ver en un par de meses o cuando se termine la campaña...

Y allí la vio él aquella mañana, sentada a la sombra de los abedules a las afueras de la ciudadela, despidiéndole con la mano alzada. El frío del alba calaba hasta los huesos, sin embargo, estaba allí despidiéndole sin saber si la volvería a ver. Toda Ismerlik le pareció mustia y triste.

***

El Legado había partido con su tropa rumbo al norte, dónde las cordilleras nevadas delimitan el fin del territorio imperial y las puertas del reino de la Barbarie; donde los Gigantes de la Montaña y las hordas cohabitan. El territorio que ni los Guardianes alados se atreven a conquistar. Por aquellos días las tropas bárbaras habían comenzado escaramuzas que en las tierras altas y una débil alianza con las naciones vecinas le brindaba al imperio una oportunidad de conquista; que el Pretor y Legado Ehrim, "Mano de Hierro" no pasaría por alto.

La lluvia de flechas fue la bienvenida, no supo cuántos hombres cayeron a su izquierda, ni cuantos más a su diestra; la espesa y blanca niebla lo cubría todo.

—¡Emboscada! —se oyó a lo lejos.

Miró a su padre que estaría a unos metros delante de él, lo descifró alzando la espada; la escena era difusa. Se oyó de nuevo el silbido de las saetas atravesando el viento.

—¡Retirada! —fue la orden del Legado. Los cascos de las bestias aplastando el barro y la nieve, los relinchos y tirones de rienda; todo lo demás, gemidos graves y blasfemias, se mezclaron con el ruido de la montaña y el apagarse agónico de las voces de los caídos.

Retrocedieron a paso veloz, con cortinas de flecha cayendo tras su espalda. La niebla no dio tregua más abajo.

—Estamos rodeados —Solo escucharlo hizo que se le erizara la piel, «Moriré Hiddigh».

No podía ver un metro más allá de su nariz, solo oía los gritos del grupo, desenvaine de aceros; respiraba humedad y sangre. El rostro húmedo, los ojos nubosos, hacía un rato tiritaba de frío; ahora lo hacía de pavor «Pero, si debo cumplir mi promesa ».

Cargaron a ciegas. Por fin distinguió unas figuras entre la espesura, no eran hombres, sino bestias con cuerpos de varón. Cargaban espadas cual mazas de hierro; vio como partían en dos el caballo de uno de los jinetes de su tropa. Fue muy rápido, en un momento estaba sobre la montura, en otro se encontró esquivando los cascos que pisoteaban el agua nieve del suelo. «Moriré», se arrastró entre las patas de las bestias, embarrado a cuerpo completo «Lo siento tanto Hiddigh». Distinguió a su padre de a pie, rodeado de sombras y luego vio rodar la cabeza en el barro. Intentó ponerse en pie y blandir. Pero el látigo cazó su tobillo; y también otro sus muñecas. Cerró los ojos «Moriré Hiddigh»

De oscuridad y fuego -La hija del Norte-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora