Mamá

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La primera luna nueva del otoño anunciaba la inminente llegada de Mamá. Siempre venía a medianoche, mucho después de que nos hubiéramos ido a dormir, y sin embargo, el mero augurio de su visita nos impedía conciliar el sueño. El terror se propagaba entre nosotros igual que un virus especialmente maligno, y era tan grotesco que nos paralizaba, como un gélido abrazo que no dejaba de apretar y del que era imposible zafarse.

No. Mamá nos quería bien despiertos.

Algunos de nosotros, presos del pánico, incluso nos meábamos encima al escuchar el cansino caminar de Mamá subiendo las escaleras. La espera era parte del ominoso ritual, y estoy convencido de que se demoraba solo para deleitarse con el hedor a miedo y pis que manaba de las habitaciones. O tal vez lo hiciera para hacernos creer que aquella vez sería diferente; que daría media vuelta y se iría por donde había venido... Así, cuando la puerta de los dormitorios se abría y aparecía su encorvada silueta, la desesperación y la angustia que nos oprimía el pecho hasta dejarnos sin respiración era más intensa.

Y no había nada que le gustara más que un niño indefenso y aterrorizado.

Si tenías suerte, y sorprendentemente yo la tuve durante años, solo notarías sus frías y nudosas manos deslizarse entre las sábanas. Tal vez llegara a rozarte una pierna o hincara con fuerza sus huesudos dedos en tu piel. Después de todo, Mamá debía de catar el género... Y sin embargo, esa perturbadora e inmunda sensación era mejor que resultar elegido.

Luego... bueno, dábamos las gracias por amanecer en nuestras camas meadas una mañana más. Un año más. Los moretones acababan desapareciendo, pero el pavor a su retorno se volvía cerval, crónico, infinito.

Nunca supimos a ciencia cierta qué les ocurrió a los siete niños que Mamá se llevó del orfanato, o por qué un año dejó de volver a por uno de nosotros... y dudo que alguna vez se sepa. Yo, desde luego, prefiero seguir viviendo en la ignorancia.

No obstante, he de confesar que el inexplicable presentimiento de que el siguiente en su lista iba a ser yo todavía me persigue. Aún hoy, cuando se aproxima la primera luna nueva del otoño, el sueño me rehúye y algo se quiebra en mi cabeza. Y aunque sé que es imposible, pues no hay escaleras en lo que ahora es mi hogar, juro que a veces escucho el cansado caminar de Mamá aproximarse, haciendo crujir los tablones de madera a su paso.

MamáDonde viven las historias. Descúbrelo ahora