Capítulo 3

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¿Todas las haches mienten?

Piotet, Alemania.
Hace algunos años...

Extraño

El cielo durante las tardes, era mi momento favorito del día, las nubes se tornaban de un color naranja extraordinario, que bien lucía esplendoroso en compañía de los destellos color rosa. Sentado sobre una roca, divisaba un punto específico de la pequeña ciudad, la brisa del viento y mis pensamientos estremecían mi cuerpo, sabía que era hora de volver a casa, y me negaba a querer hacerlo.

—Odiando al mundo, eh.

Levanté el rostro y miré a mi derecha, ahí estaba ella, con esa sonrisa que me hacía perder hasta la cordura. Sus ojos me confundían, tenían ese toque tan diestro, que conducía al engaño.

Grises.

Como los amé.

— No puedes odiar algo que en el fondo amas. Es tan ridículo.

Un soplido fue todo lo que escuché.

Quería pedirle que se fuera.

No volver a verla.

Pero sólo me engañaba a mi mismo. Porque su presencia era lo que más deseaba con cada latido.

— ¿Amas a las personas de éste mundo? Somos unos miserables — el viento movía su cabello, las ondas castallas se veían en la mejor definición. Fue el mejor cuadro ante mis ojos, ella lo era.

Pensaba en la lluvia, en como un ciclo tan natural e impresionante transforma las cosas, arruina algunas, pero también es arte para otras. Yo me había convertido en una nube obscura ¿Era el momento? No aguantaría más, quería decírselo, explotar de una vez por todas.

Existía un problema.

El sol no saldría.

—Sabía que estarías aquí — mi silencio le provocó seguir hablando con esa voz tan suave, que a veces sonaba cansada, o tal vez harta—. Es tu lugar favorito, la vista del sol ocultándose se aprecia muy bien, esto te encanta.

—¿Qué invadan mi espacio favorito? Claro que no, lo detesto tanto que podría correrte, pero entonces sería descortés — ser molesto no requería mucho de mi esfuerzo—. Y es lo que menos esperan de mi.

Descansé de la vista hacia el cielo, y opté por observarla. Sus labios se abrieron de sorpresa, iba a hablar, pero solo terminó susurrándose algo así misma que ni siquiera entendí. Sus preciosos ojos grises ponían aprueba mi comportamiento, quería acercarme y besarla, decirle lo que sé, quitarle aquel antifaz absurdo de lo patético que estaba siendo su vida.

Y no pude.

Dejé a un lado mi tranquilidad y me levanté, no debía caminar hacia ella pero lo hice.

— Jamás lo aceptaré, es un monstruo — mi odio hacia aquel humano era una tradición que amaba festejar.

— Uno que amo y no pienso dejar — prefirió mirarse los pies.

Claro.

—Es de humanos estar ciegos y tomar el bastón equivocado — reí en voz baja y tomé su mano. Olvidé lo bien que se sentía, tan suave, delicada, como lo era ella.

—Estaré bien —tomó mi rostro entre sus manos y besó mi mejilla.

Imploré tanto.

Quise ser fuerte.

Recordé el peligro que significaba estar juntos.

Pero no la aparté de mí.

— Puedes destruirme amando a alguien más, y yo seguiré pensando que amarte es lo más grandioso que puedo llegar a hacer — la tomé de la cintura y la besé.

Estación Holbein © [Completa ✔]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora