Parte sin título 7

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Capítulo 7

Sector Esperanza. Un sector conocido por las actividades comerciales. Casas, edificios, hasta un máximo de cuatro pisos. Los edificios estaban construidos en cemento y la mayoría de las casas en madera.

Se hubieron detenido frente a un edificio de dos pisos que tenía un enorme letrero que leía: Tapicería La Gran Esperanza. El negocio de tapicería era una fachada. El propietario le fue presentado a Yamirelis. Su nombre era Piersolain Trentot, líder de los ateos, no solo de sector Esperanza, de toda la ciudad. Éste le estrechó la mano a Yamirelis. Subieron todos al segundo piso. Los choferes, que a la vez eran guardaespaldas de Figoren, se quedaron afuera. Ahí se les pidió que se quedaran y el maestro aceptó.

En el segundo piso, entre otras cosas, Yamirelis vio un radio. En la única estación radial que podía escucharse y que era controlada por el gobierno. La emisora detuvo la música para transmitir un boletín noticioso sobre la búsqueda de dos adolescentes que hubieron asaltado varios establecimientos en el centro comercial y que asesinaron al jefe de los guardias del lugar. Instaba la noticia a que los reportaran a la policía.

— ¿Ella es tu sobrina y aprendiz?

—Sí.

—Empecemos.

El maestro, de un bulto, extrajo dos sotanas negras con el símbolo de la Gran Estrella impregnado en la parte de atrás, a la altura de la espalda, de doce pulgadas de diámetro. Le dio una a Lois y se puso la otra. En el lugar había 22 hombres y siete mujeres armados con armas de fuegos y armas blancas, incluyendo a varios vigías apostados en la ventana. Solo ellos dos se distinguían entre ellos. Ellos a un lado, el resto al otro lado. Piersolain comenzó diciendo:

—Hoy estamos aquí en una reunión algo improvisada, con dos religios y una invitada. Su líder, el maestro Figoren aquí presente, me envió un mensaje vía telégrafo diciéndome que me enseñaría algo que cambiaría el curso de nuestra actual situación. De nuestra guerra contra el malévolo dion, el señor de todo lo malo. Le cedo la palabra a él.

—Muchas gracias aliado Piersolain. Los convoqué por que ha ocurrido un milagro como en otras ocasiones de nuestra historia —pausó por un rato—. Otro dion, el del bien, ha llegado al mundo.

— ¿Un dion del bien? —preguntó Sabridas, lugarteniente y sobrino de Piersolain Trentot, el joven no aparentaba pasar de 19 años.

—Así es —contestó el maestro.

—Todos los diones son malos —afirmó Piersolain.

—Sabes que no es así. Siempre ha habido unos buenos y otros malos. La historia lo demuestra.

—Unos malvados y otros hipócritas. Ninguno de ellos nos deja desarrollar la civilización. Interfieren con nuestro libre albedrío.

—Diferimos. Son parte de la naturaleza divina de la Gran Estrella. Debemos decidir a cual apoyar. Nuestros hermanos que fungen como empleados y policías del dion malévolo, lo hacen por miedo, o por interés. Este dion, como todos los que representan al bien divino de la Gran Estrella, solo le interesará ayudar a la humanidad. Así lo presiento. Así ha sido siempre.

—Tonterías, creencias no basadas en la ciencia. Los diones; no hay certeza de que en total siempre ha habido uno o dos. Ellos se han encargado de borrar los datos históricos. Nuestros libros son migajas, pedazos que se han caído. De algún modo, debido a los agujeros de gusano en el Universo, ellos se cuelan a nuestro lado y viceversa. Es nuestro deber ayudar al Universo y corregir sus problemas. Solo así viviríamos con nuestros dilemas, creadores por nosotros, resueltos por nosotros.

Todos los ateos empezaron aplaudir. El maestro Figoren tomó la palabra:

—No estoy aquí para discutir sobre nuestras respectivas creencias. Ya hemos hecho eso antes en incontables ocasiones desde antes de nuestra alianza. Ustedes se allanaron a nuestro pedido de que si surgía otro dion dispuesto ayudarnos, ustedes a regañadientes lo permitirían.

Sabridas, serio, interrumpió preguntando:

—Deja el rodeo ¿Dónde está ese dion?

Por segundos quedó pensativo el maestro Figoren, luego se volteó hacia Yamirelis y le dijo en voz baja que no se preocupara. Piersolain captó y gritó:

—Es ella. La niña.

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!