—¿De qué habla?

—Bueno, por los dioses, queremos aprovechar los nacimientos de nuestros hijos para elaborar una unión. ¿Sería ventajosa, no cree usted?

—Lo sería... —aceptó el hombre—, su hijo es demasiado joven para prospectar una unión ¿No cree?

—Bueno, quizá, pero estoy seguro que su hija crecerá en belleza y gracia, sería bueno forjar enlaces ahora.

EL hombre entrecerró sus ojos de águila.

—¿Qué ganaría yo?

—Bueno, para eso es que los mandamos llamar, aunque su esposa nos dijo que no se encontraba en casa y decidió atender ella. Esperamos no haber obrado mal.

—No —el hombre soltó el brazo de su mujer—, por supuesto que no.

—Bien, si ese es el caso, ¿Por qué no pasa a mi despacho?

—Sí, claro, será un placer.

Calder besó la frente de su esposa y caminó junto con el hombre. Simoneta se desplomó en el suelo y lloró asustada.

—Gracias, ustedes son tan buenos... en serio tienen toda mi gratitud.

—Esperemos a ver qué sucede.

Los ojos de una hermosa mujer, siempre atentos a cualquier cosa, observaron aquella escena con una sonrisa. Era verdad que el capitán mostraba una devoción asombrosa hacia su esposa, pero no había sido la única mujer que recibió tales honores. ¿Qué pasaría si de alguna forma, se enteraba del pasado? ¿Sería el fin de un matrimonio perfecto?

Calder y el señor Davids se unieron a sus esposas pasadas dos horas. Parecían cansados y frustrados el uno con el otro, pero Calder había logrado el objetivo.

—Vamos Simoneta.

—Yo...

—He dicho, vámonos.

—Señor —Blake se puso en pie y fue hacia el hombre sin que Calder pudiera evitarlo— Quiero pedirle un gran favor.

El hombre miró a Calder y asintió.

—Habla.

—Me he sentido extremadamente sola, mi marido tiene que salir constantemente...

—Blake —intentó Calder.

—¿Sería posible que Simoneta se quedara unos días aquí conmigo? Sé que es abusar de usted, pero en serio quisiera...

—Bien, de todas formas, tengo algo por lo que salir de la ciudad.

—¿Saldrás? —se extrañó Simoneta.

—Así es, el señor Hillenburg en persona me ha pedido algo.

Blake miró a su esposo quién no le dirigió ni una sola mirada.

—En ese caso —intercedió Blake—, ¿No le parece una idea genial que se quede?

—Claro, que haga lo que desee.

Simoneta sonrió y en cuanto su marido se marchó, no pudo evitar abrazar a Blake e inclusive a Calder. El hombre la apartó con prontitud y fue hacia su esposa con una cara que hacía muchos días no veía, estaba enfadado.

—Hablaré contigo después.

Blake le tomó la mano antes de que se alejara por completo de ella, pero Calder se la besó y se marchó.

—Parece que te has metido en problemas por mi culpa.

—No, él estará bien, ya veré después que lo ha molestado, por ahora estás a salvo.

El heredero de Bermont¡Lee esta historia GRATIS!