Capítulo 32

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FELICIDADES A TODAS LAS BELLAS QUE PARTICIPARON... Y A LAS QUE NO, BUENO, LES ACABAN DE REGALAR UN CAPITULITO EXTRA, ¡FELICIDADES! QUE ORGULLOSA ESTOY JIJIJI 

Nick tenía tres meses de nacido y Kenia seis, decir que Blake se volvía loca era poco. Intentaba lo mejor que podía lidiar con ambos niños, pero había ocasiones en que sentía que se salía de control y se enojaba con quién pasara a su lado, sobre todo con Calder, quien, a pesar del humor de su esposa, parecía alegre y con más paciencia de la que nadie había visto en su vida.

Ese día, después de haber tomado una pequeña siesta, Blake se sentía mucho mejor y por tal razón, decidió salir a dar un paseo, dejando a sus dos hijos a cargo de sus respectivas niñeras. No quería compañía de nadie, pero esta llegó sin invitación alguna. Simoneta había corrido hacia ella hecha un mar de lágrimas.

—¿Qué pasa? —la abrazó— ¿Por qué lloras?

—Nos matará Blake, si continuó ahí, nos matará.

—¿De quién hablas? ¿Qué pasa?

—Mi marido —se alejó de ella envuelta en lágrimas— ¡Tuve una hija! Dios, tuve una niña, se me hace extraño que no me matara en cuanto nació.

—Eso no es tu culpa.

—Vamos Blake, si una mujer no puede darle un varón a su marido ¿De quién es la culpa?

—Simoneta, relájate ¿Dónde está tu hija?

—Se la di a una de tus doncellas —negó la joven—, pero no puedo volver ahí, no puedo ¿entiendes?

—Sí, lo comprendo, pero Calder...

—No querrá ¿verdad? Pensará que es meterse en la casa de otros. Y es verdad ¿sabes? Ningún hombre se metería en eso. Pero mi hija, mi pequeña Sarah.

—Hablaré con él, entenderá, al menos unos días para ver qué hacer.

Simoneta negó.

—Me golpea a diario —dijo—, hace que esté nerviosa todo el tiempo ¡Ni siquiera puedo alimentar a mi propia hija!

—Relájate, estás a salvo aquí.

—Por ahora. Solo por ahora. Cuando sepa que vine corriendo a ti, me matará.

—Simoneta, por favor. Ven, vamos a que tomes un té.

Iban entrando a la casa, cuando de pronto la puerta se abrió de par en par, mostrando a un disgustado Elvin Davids, enfocando con rabia a su mujer quién dio un brinco y ahogó un sollozo. Blake se hizo de todo el valor que pudo para hablar con tranquilidad.

—Señor Davids, un placer verlo, perdone haber robado a Simoneta, me urgía verla.

—¿Usted ha ido por ella? —dijo incrédulo.

—Sí, tenía algunos tratos que hacer con ella.

—¿Ah sí? ¿Qué tratos?

—Bueno...

—¡No me mienta! ¡Solo está queriéndola proteger! —tomó con fuerza a la joven rubia y la jaló hacia él— ¡Nos vamos a casa! ¿Dónde está la bastarda que tienes como hija?

—Yo...

—Señor Davids —entró Calder a escena, tomando a Blake de la cintura y acercándola a él, cerciorándose de que estuviera bien—, un gusto verlo de nuevo.

—No se meta Hillenburg, no le conviene enemistarse conmigo.

—¿Por qué haría eso? De hecho, todo lo contrario. ¿No le ha dicho mi esposa para qué fue que mandamos llamar a Simoneta?

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!