Untitled Part 3

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Capítulo 3

En San Juan, en la sala de emergencia del centro médico trataba el personal médico a la paciente. Le habían tomado el pulso, la oxigenaban como medida de precaución.

—Todo parece estar bien —fue lo que dijo el médico a cargo al papá de Yamirelis quien con su pregunta de una sola letra dejó saber que su preocupación no cesaba:

— ¿Y?

—Le haremos ciertos análisis para ver por qué se desmayó.

—Por favor doctor, ayúdamela.

El doctor asintió con su cabeza, luego le dijo al padre que se quedara en la sala de espera. Breve momento después llegó una muchacha joven, como de unos veinticinco años y se confundió en un abrazo con el compungido hombre:

— ¿Papi, que le pasó a Yamirelis?

—Carla. Solo se desmayó. Justo antes de tenerla en mi auto.

El hombre empezó a llorar en el hombro de su hija mayor ante las diversas miradas, desde compasivas hasta indiferentes de otras personas presentes en aquella sala de espera del área de emergencia hospitalaria.

En el otro lado del mismo mundo, en el centro comercial de Ciudad Mundial, Lois agarró por un brazo a Yamirelis, la hizo caminar apresurado junto a él, habiendo notado que algunas personas, incluyendo un guardia, lo hubo escuchado cuando él hubo gritado que ella era una diona. De camino, Lois se encontró con varios amigos adolescentes, a quienes les pidió que distrajeran a los guardias que hubieron empezado a seguirlos. Uno de esos amigos simuló desmayarse e hizo que dos guardias tropezaran y cayeran al suelo.

—Móntate —le dijo emocionado y nervioso él a ella en el estacionamiento del centro comercial. Sin embargo, ella estaba perpleja cuando vio el medio del transporte que utilizaban: automóviles parecidos a los modelos T de una compañía automotriz del otro lado del mundo. Modelo de principios de siglo veinte; muchos de ellos amarrados o conectados a caballos, burros y hasta cebras y perros (en grupos de 12).

— ¿Qué es todo esto? —preguntó.

—Te explicaré luego. Sube a aquel (lo señaló).

Lois, con un silbido, hizo que los dos caballos empezaran a mover su automóvil. Una vez bastante retirados del lugar y tras haberse cerciorado de que no los seguían, suspiró. Le dijo a ella:

—Relájate. Tengo licencia de conducir.

Ella lo miró mal y él le dijo:

—Es broma, sé que estás perpleja, aunque sí, tengo licencia de conducir.

Media hora después ella divisó un letrero que leía:

"Bienvenidos al sector Laguna Grande, Ciudad Mundial ". Había edificios, casas, unas pocas de cemento, otras de ladrillos, pero la mayoría estaban construidas (muchas de ellas en mal estado) de madera con techos de metal zinc, repletos de moho. Lois estacionó el vehículo frente a una casa modesta. Se bajó del vehículo junto a la chica. Empezó a tocar con mucha ansiedad la puerta. Le abrió un hombre como de sesenta y pico años de edad, pelo algo canoso, rizo y abundante aunque calvo en la coronilla y cuya barba larga y algo canosa estaba arreglada con numerosos y delgados " dreadlocks".

—Maestro Figoren es decir .Yamirelis, te presento al maestro Luster Figoren, maestro te presento a Yamirelis Bolé.

— ¿Tu nueva novia? —preguntó el maestro.

—No maestro, la acabo de conocer y créeme, tú también la querrás conocer.

—No entiendo Lois

—Por favor maestro, adentro.

—Oh, está bien. Entren a la sala de espera.

—Maestro me refiero al lugar privado (le guiñó el ojo).

— ¿Estás seguro? —le preguntó en voz baja: Lois le contestó susurrándole al oído.

Una vez en la sala de espera, Lois le recalcó que fueran al lugar privado. El maestro le preguntó a la adolescente que le mencionara un lugar o país de Europa.

— ¿Qué? Él es un maestro de tu escuela o qué.

Lois sonrió, luego le contestó:

—Es un maestro espiritual similar a lo que tú llamarías pastor, cura, ministro, imán etcétera. Vamos, por favor, contéstale.

—Ok España, Alemania, Inglaterra, Rusia. De hecho, visité Madrid con mi papá. Algún día me gustaría visitar Paris, oh, la torre Eiffel y para sonar intelectual, diría que estoy emocionada por querer visitar el museo de Louvre.

Él quedó perplejo. Ella le preguntó por qué estaban serios.

—Lo del Louvre es un chiste flojo, de esos que aprendí de mi hermana. Más bien un sarcasmo sobre los clichés de la vida.

—No, no es eso. ¡Esto es increíble! Pero, por que la Gran Estrella enviaría a una niña.

El maestro entró a un cuarto. Lois la convenció de seguirlo. Una vez en el cuarto, el hombre removió una alfombra marrón que dejó al descubierto una compuerta de madera. La abrió. Bajaron por la escalera en forma de espiral hasta llegar a una recámara. El maestro encendió varios candelabros. Ella quedó maravillada al ver aquello que parecía un lugar de reunión, con sillas alrededor de una mesa. Pero lo que más le llamó la atención fue un tipo de grafiti que abarcaba toda una pared: era una estrella de diez puntas.

—Lo que estás mirando embelesada, es una representación de la Gran Estrella. Una estrella de cinco lados sobre otra igual, con la misma cantidad de lados. Los lados es lo de menos. Algunos de los nuestros les gusta representarla con seis, doce, etcétera.

— ¿Dónde estoy? ¿Qué son ustedes? ¿Por qué no despierto? Le he seguido el juego a él (señalando a Lois) pero ya me estoy preocupando (empieza a masticarse las uñas de ambas manos).

El maestro le retiró las manos de su boca. Muy sosegado le dijo:

—Yamirelis. ¡Bienvenida al otro lado de tu mismo mundo!

Yamirelis: en el otro lado del mismo mundoRead this story for FREE!