Capítulo 31

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Los días de espera para que el bebé de los Hillenburg naciera habían terminado. Kenia tendría ahora sus tres meses bien cumplidos y la casa del duque estaba en la espera de un grito de la señora para correr desaforados a atenderla. Calder no permitía que Blake hiciese nada para ese momento, apenas la dejaba levantarse y eso porque ella se quejaba hasta lograrlo. Recibía visitas en uno de los salones de arriba, para que ni siquiera se viera en la necesidad de bajar las escaleras.

—¡Dios! —sonrió Simoneta—, tu marido está loco ¿Sabes? También estoy embarazada, no me falta mucho al igual que a ti.

—Lo sé, es demasiado protector —sonrió Blake.

—Pero es agradable, incluso Elvin se puede portar como hombre cuando sabe que su mujer está embarazada.

—¿Él... te trata bien?

—Por ahora, no se arriesgaría a perder este bebé, con lo mucho que le costó dejarme en cinta.

—Lo lamento.

—Oh, no te entristezcas por tonterías. A cada quién nos toca lo que merecemos ¿No?

—No creo que merezcas esto.

—A veces creo que sí —sonrió la bella mujer, tocando su vientre—, aunque agradezco estar embarazada, al fin tendré al amor de mi vida.

—Sí —Blake acarició su propio abdomen—, la verdad que espero que sea niña. Calder dice que no hay problema, pero quiero ver su cara cuando se haga realidad.

—Pero que mala —negó Simoneta—, yo en serio rezo por que sea varón, no sé qué dirá Elvin si es niña, en mi vida no hay opción. Además, creo haber escuchado que obligaste a Calder a adoptar a la hija de una sirvienta ¿Es verdad?

—Se llamaba Helen, era mucho más que una doncella de esta casa. Era mi amiga y Calder la cuidó desde que era una chiquilla.

—No te exaltes, mira, no me malentiendas, pero he escuchado que... —se acercó y susurró—: que es negra.

—Simoneta, no permitiré que insultes a mi propia hija, en mi casa.

—¡No lo hago! Pero cielo santo, no me imagino a tu marido aceptando algo así.

—Ha estado de acuerdo.

—¿Segura? ¿No será que lo has obligado de alguna forma?

—No sé cómo podría obligar a ese hombre a hacer algo que no quiere.

—Vamos Blake ¿me vas a decir que no sabes que lo tienes comiendo de tu mano?

—¿Qué yo...? —ella sonrió—, estás loca.

—No lo estoy, todo el mundo piensa lo mismo. Domaste lo indomable, créeme que muchas mujeres lo intentaron, pero él no se dejó con nadie. Bueno, hubo alguien, pero no es más que un mito.

—Sí hay alguien, no soy yo.

—Blake —entró Calder al saloncito, con Kenia en brazos—, me han dicho que no has querido tu licuado esta mañana, ¿Alguna razón?

—Creo que lo rechazó por mí —dijo Simoneta—, debo disculpas, le he traído uno especial de casa.

—Señora Davids, lo siento, no la he visto.

—Me doy cuenta —se puso en pie y miró hacía los brazos de Calder—, así que esta es la niña de la que todos hablan.

Blake se puso en pie con incomodidad. No le gustaba que extraños vieran a Kenia y a su marido tampoco le agradaba en demasía.

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