Capítulo XXIV - Borrar el pasado.

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«¿Qué vas a hacer ahora? —se preguntaba. Era su propia voz la que murmuraba en su mente, una corriente de pensamiento que reconocía bien, pero a veces le parecía que sonaba casi como la voz de su padre—. Él lo sabe. Sabe lo que has hecho. Irá a la policía y te denunciará. ¿Qué vas a hacer? ¿Adónde vas a huir?».

Sus zancadas se hicieron más firmes. Trató de centrarse en el camino, observar el paisaje de Londres a su alrededor, distraer su mente o bien ocuparla en cosas prosaicas. Pero allí seguía esa voz, insistiendo cada diez pasos.

«Él lo sabe, hará averiguaciones y los que te conocen cantarán como jilgueros. Nadie te defenderá, te dejarán solo. Te acusarán y volcarán sobre ti su envidia y su odio. Vas a ser ahorcado, Dio Brando. Has vuelto a perder».

Apretó los dedos alrededor del asa de la maleta, sintiendo que la ira se transformaba en calor dentro de sus venas.

«Debes encontrar una salida. ¡Piensa! Tienes recursos. Eres capaz de muchas cosas, ¿o es que lo has olvidado ya? Eres capaz... de todo».

El viento arreció, arrancando un nuevo manto de hojas del suelo y transportándolo en volandas hacia el Támesis. Su mente se aclaró poco a poco, a medida que encontraba una vez más la solución a sus problemas en el fondo de su corazón.

Sí, ahí estaba. Tan claro como el día.

Debía borrar todas las huellas de sus crímenes. Borrar su pasado por completo y renacer. Cambiar su nombre y su apellido y marcharse, quizá a América.

Abandonaría Inglaterra para siempre, abandonaría su aspiración de hacerse con la fortuna de los Joestar y también abandonaría todas esas sombras, los fantasmas que le perseguían constantemente.

Solo tenía que quemar los cabos sueltos.

Ese pensamiento se solidificó poco a poco, desarrollándose con precisión en su mente igual que si el plan hubiera estado diseñado de antemano. Se sintió más relajado y desvió sus pasos con suavidad hacia Fleet Street. Bordearía la orilla norte del Támesis hasta Whitechapel y allí buscaría el alojamiento más anónimo que pudiera encontrar. Después, iría a hacer algunas visitas.

. . .

El traqueteo del coche de caballos le había adormecido durante algunos minutos. Su sueño fue inquieto y plagado de pesadillas. Volvía a ver su rostro una y otra vez, sus ojos ígneos quemándole de odio y de deseo, sus palabras susurrantes vertiendo veneno en sus oídos. Se despertó angustiado, con una sensación de peligro y de honda tristeza oprimiendo su pecho.

El tiempo parecía pasar excesivamente lento desde que había peleado con Dio en la escalera. Emprender un plan de acción no le había hecho sentir mejor. Era como si alguien le hubiera hurgado dentro y hubiera cambiado todos sus órganos de lugar. Sentía náuseas, le dolía la cabeza, el mundo le resultaba extraño... La realidad había perdido su sentido. Su vida entera parecía un mal sueño.

La llegada a Londres le ayudó a estabilizarse. Había tantas cosas nuevas, tanto en lo que debía ocupar su atención, que tenía que ceñirse a aquel instante quisiera o no., atento a los colores, los olores y las formas que se ofrecían a sus ojos.

No era la primera ocasión en que visitaba la capital, pero sí era la primera vez que lo hacía solo. De pronto todo le parecía distinto y nuevo. Llevaba en el bolsillo la carta de Lucas, gracias a la cual podría ubicar los lugares en los que realizaría sus investigaciones. En aquella última misiva, Lucas le había advertido de la peligrosidad de los barrios donde hallaría respuestas, pero Jonathan no sentía miedo. Si alguien trataba de atacarle, se defendería. Estaba más que dispuesto a hacer cuanto fuera necesario para poner fin a aquella historia, llevar a Dio ante la justicia y garantizar la seguridad de su familia y la de todos los que rodeaban a su terrible hermano.

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