La invasión de los Gatos Zombis

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Quién iba a pensar que el Fin del Mundo empezaría en San Triviani. Es un pueblo muy pequeño (aparece en los mapas por compromiso) y apenas tiene quinientos habitantes. Supongo que en sitios así es normal que todos se conozcan, por lo que es poco aconsejable meterse en líos. Pero era la noche de Halloween y la cosa prometía. Salí con mis amigos y mi hermano pequeño de propina, porque por mucho que protesté, mi madre se salió con la suya y tuve que cargar con el enano mocoso. Era un incordio, y un llorica, pero por alguna razón no se quería separar de mí. Menudo plasta. Aunque aquel era el menor de mis problemas, dado lo que se avecinaba.

La noche se torció cuando llegamos a la casa de la señora May, una ancianita un tanto peculiar que vivía sola con sus gatos. Y no eran unos pocos, sino una docena de bolas peludas, por lo que su casa y los alrededores siempre olían a rancio. La señora May era rara pero generosa, por eso nos acercamos hasta su casa cargados con nuestras bolsas llenas de chuches.

Llamamos al timbre y la señora May abrió la puerta con un cuenco lleno de gominolas. Se nos hizo la boca agua, lo estábamos pasando genial y además nuestras bolsas cada vez pesaban más.

De repente nos deslumbró un fogonazo y escuchamos un pitido estridente que nos ensordeció. Corrimos en estampida al ver la mole de metal que se precipitó sobre la casa. Tuvimos mucha suerte, más que la fachada de la casa porque la entrada quedó destrozada después de que un camión militar se empotrase en la mampostería. Los bidones que transportaba acabaron desparramados por todas partes. De ellos rezumaba un líquido viscoso y luminiscente que acabó por empapar tanto la entrada como el jardín.

La señora May estaba fuera de sí e intentamos tranquilizarla mientras llegaban los servicios de emergencia. Estaba preocupada por sus gatos pero al rato, como atraídos por el olor repulsivo de aquel potingue verdoso, acudieron para retozar en la pringue. Y no solo se revolcaban como locos sino que bebieron del fluido por mucho que su dueña intentó detenerlos.

Enseguida nos dimos cuenta de que el líquido era tóxico porque los gatos comenzaron a retorcerse y a gritar como alimañas rabiosas. Agonizaron durante unos segundos que se me antojaron horas, retorciéndose mientras las señora May y mis amigos gritaban horrorizados. Luego quedaron inmóviles, tan muertos como ratas en una trampa.

Debimos salir corriendo pero cómo íbamos a saber que al cabo de unos minutos revivirían convertidos en zombis gatunos.

A la primera que atacaron fue a la señora May. Se la comieron con una rapidez pasmosa, como pirañas, y al poco de su dueña solo quedaron los huesos. Después del festín fueron a por más presas, al parecer su hambre era insaciable. Se dispersaron por el pueblo, la gente se defendía como podía con palos y escopetas de caza pero era inútil porque ya estaban muertos y por más que les apaleabas, disparabas o pateabas seguían adelante como máquinas incansables e indestructibles. Ni siquiera se detenían frente a lo que más temían: las escobas.

Nada podía con ellos. Eran muy ágiles y si les atizabas un mamporro lo esquivaban, los disparos solo conseguían llenarlos de agujeros y si les pegabas con la escoba se hacían pis en las cerdas. Encima arañaban los sofás y las cortinas sin parar. ¡Era un infierno! No había manera de acabar con ellos.

Por desgracia la plaga se extendió muy rápido. La docena de gatos zombis enseguida se convirtió en centenas y a los pocos días, cuando casi no quedaban vecinos en Triviani, se multiplicaron en millares para extenderse a otros pueblos. Las últimas noticias que escuchamos por radio fueron que habían llegado a la ciudad.

Hoy se han cortado las comunicaciones, la radio ya no emite boletines informativos y hemos perdido el contacto con el exterior. No sabemos qué está pasando en el resto del mundo pero puedo imaginármelo. Los pocos supervivientes estarán escondidos como nosotros, temerosos de la infección felina. De toda la población de San Triviani sólo quedamos cinco vecinos vivos.

Mi hermano sigue conmigo pero no sé dónde estarán mis padres, he decidido salir a buscarles. Es una locura pasearse por las calles del pueblo pero creo haber encontrado su punto débil. Si les cortas la cola mueren definitivamente, además llevo conmigo un puntero láser.

Voy a salir. Alguien tiene que hacerlo.

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