41

166 10 7

Abro los ojos lentamente y con cierta dificultad, sintiendo mi cuerpo pesado y sumamente laxo

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Abro los ojos lentamente y con cierta dificultad, sintiendo mi cuerpo pesado y sumamente laxo. Escruto, con mucho esfuerzo, mi alrededor, pero no capto nada más que un fondo blanquecino con un punto refulgente en el centro que lanza haces de luz por doquier. Sin tener idea alguna de en dónde me encuentro, hago acopio de todas mis fuerzas para hacer algún movimiento, o al menos formular palabra, pero ésta parece haberme abandonado. Ni siquiera pude mover el meñique. Frustrada por no poder ejecutar acción alguna, no me quedó otra opción que escarbar en mis recuerdos para poder hallar el motivo por el que me encuentro vulnerable y tendida en una superficie que, a decir verdad... no me resulta nada incomoda.

¿Una cama?

El vestigio de un golpe palpitando levemente en la parte posterior de la cabeza me dijo que debería estar en el piso justo antes de recordar haber experimentado la sensación de que iba a desmayarme. Entonces, los recuerdos llegan en forma de torbellino a reproducirse en mi mente. El hombre de negro. Un arma. El pánico apoderándose de mí. Una voz amenazante y otra aterrada. El vidrio estallando. Theo reteniendo a un tipo. Theo sosteniendo un arma. Theo desbloqueándola...

―De-oh' ―balbuceo con angustia.

Un calor en mi mano me inunda de calma. Segundos después, comprendo que una mano había envuelto la mía. Su rostro, algo borroso, aparece en mi campo de visión al rato.

―Tranquila, Florecita, está todo bien.

Inclino la cabeza hacia mi derecha, para poder apreciarlo un poco mejor. Él estaba sentado a un costado de la cama sobre la que me encontraba, mirándome con ternura. Admito que en un principio su cara se veía algo distorsionada, pero, tras dar unos cuantos parpadeos es que pude captar del todo su expresión.

―E-el hombre. Tenía u-un arma, y-y, después tú, tú e-estabas...

Besó mis labios de forma fugaz, interrumpiéndome, y luego, sin apartar demasiado su rostro del mío, susurró―: No fue nada, ya todo pasó.

En el momento en que se aparta es que me percato de que, los moretones que días antes decoraban su rostro y que ya habían desaparecido, habían sido reemplazados por cortes poco profundos y una pequeña herida en su labio superior. La alarma que encendió aquel descubrimiento me ayudó a recobrar la fuerzas que creí perdidas y en menos de un segundo me incorporé con la intención de acercarme a él para examinar sus heridas. Los mareos provocados por mi abrupta acción no tardaron en llegar, pero pasaron a segundo plano cuando mis ojos cayeron nuevamente en las yagas que surcaban su piel.

―Mira cómo te dejó ―musité mientras mi dedo pulgar trazaba círculos alrededor del corte en su pómulo izquierdo.

―Te aseguro que él se llevó la peor parte.

La imagen que protagonizaba él, desbloqueando un arma que apuntaba directamente a la cabeza de una persona, se asomó de nuevo en mis memorias.

―¿A qué te refieres con...? ―Había empezado a formular con voz trémula.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora