Phoenix

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 Quienes tengan mi misma edad, y quienes no, también, recuerdan dónde estaban y qué hacían la primera vez que oyeron hablar del proyecto. Cuando en el canal de vídeo apareció un flash informativo anunciando que los científicos comenzaban ese mismo día, yo me encontraba en mi habitación con mi portátil. Recibí la noticia a través de un correo electrónico.

No era la primera vez que oía hablar del proyecto, claro. Todo el mundo sabía qué era: el experimento que iba a revolucionar el mundo y que, gradualmente, evolucionaría la raza humana hasta convertirla en otra con distintas condiciones. Los antiguos informes habían conseguido un éxito sin precedentes entre muchos de los investigadores, los cuales habían corroborado toda la información y habían dado el visto bueno. Todo aquello lo convertía en el tema de conversación de personas de todas las edades. Al igual que el ansia de conocer más y más sobre él.

Al principio no entendí, ni yo ni nadie, por qué los medios de comunicación concedían tanta importancia a aquella nueva y descabellada idea. Como si los habitantes del planeta Tierra no tuvieran otras preocupaciones. La crisis energética. El catastrófico cambio climático. El hambre, cada vez más generalizada, la pobreza, las múltiples enfermedades nuevas y sin vacuna. Una docena de guerras. Ya se sabe, lo de siempre: «perros y gatos juntos, histeria colectiva». Por lo general, los informativos no interrumpían las comedias de costumbres interactivas, ni las telenovelas, a menos que hubiera sucedido algo muy grave. Como el descubrimiento de un virus asesino o la desaparición de alguna ciudad bajo una nube atómica. Cosas así.

La verdad es que nuestro comportamiento podía tacharse de lógico ya que en un primer momento únicamente anunciaron lo planeado, es decir: el fin; pero sin los medios. Podía tratarse de un campo de pruebas, entrenamientos forzados o incluso drogas. Pero solo habían mencionado su finalidad y lo que constituiría para la humanidad. Un cambio muy radical, sin duda alguna.

La gente, escéptica, no se podía creer que estuvieran invirtiendo millones de euros en una aspiración tan utópica como era aquella. Nunca hicieron pública la cantidad exacta de bienes económicos, pero los cálculos citaban una suma de por lo menos mil millones. Investigaciones, materiales para la creación de nuevas máquinas, dinero para pagar a sujetos reales en los que confirmar un buen funcionamiento sin virus extraños y, claro, satisfacción personal.

Así que la nueva información revelada prendió como una llama en una gasolinera y recorrió todo el mundo en cuestión de minutos. Todas las cadenas de televisión interrumpieron las series que emitían en aquel momento y lanzaron el vídeo de un empleado que expresaba, hasta el más mínimo detalle, de lo que iba a consistir el proyecto del que tanto se había hablado. Al mismo tiempo ya había usuarios por Internet que grababan la televisión y subían en directo el vídeo, con streamings y capturadoras. Pocos minutos después una usuaria de sobrenombre poco importante colgó el vídeo en la máxima definición de audio y resolución de pantalla. Luego muchos otros copiaron su vídeo y lo subieron en el menor tiempo posible, como si se fueran a hacer famosos por ello. Aunque, lo cierto es que sí recibieron considerables visitas al perfil.

En aquel mismo instante estaba a punto de apagar el ordenador y otorgarme el resto del día libre para descansar cuando un inoportuno sonido atornilló mi cabeza. Lo reconocí, era el que tantas otras veces había escuchado acompañado de una publicidad engañosa, la del correo. Aunque compacto, el expresivo asunto captó mi completa atención durante un buen rato. Me rasqué la barbilla pensativo, intentando averiguar qué había detrás de aquel “Ver de inmediato” sin entrar en él, como un reto. Ni siquiera me detuve a conocer el nombre del emisor, no importaba demasiado.

Sumido en mis pensamientos, no me acordé de que el link del aviso desaparecía en diez segundos si no entrabas directamente por él, por lo que tuve que perder unos minutos entrando manualmente al correo.

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