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—Maldito infeliz, ¿cómo me haces esto? —exclamó, lanzándome al piso a causa de un puñetazo

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—Maldito infeliz, ¿cómo me haces esto? —exclamó, lanzándome al piso a causa de un puñetazo. Me levanté rápidamente pero él volvió a golpearme, esta vez en el estómago. Ni si quiera me defendí, yo sabía perfectamente que cada golpe me lo merecía—. ¡Te creí mi amigo y te acostaste con la mujer que amo!

Sus puñetazos me dolían, pero no tanto como esa forma en la que me miraba; sus ojos estaban inyectados de odio y de ellos brotaban lágrimas amargas. Tati le pedía a gritos que se detuviera, pero él hacía oído sordos a sus suplicas, y seguía golpeándome.

Escuché un auto detenerse bruscamente y a pesar de lo borroso que todo se había vuelto a mí alrededor, me percaté que se trataba de mi hermano y su esposa. Con desesperación Desmond bajó del auto y logró quitarme a Alexander de encima, creo que de no haber sido así, yo hubiese perdido el conocimiento.

—¡Me robaste al amor de mi vida! —sollozó mi amigo, mientras Desmond lo sostenía para que no me siguiera golpeando—. Nunca te lo voy a perdonar, Tom, ¡nunca! —Luego miró a Tati con expresión de decepción, y añadió—: Dios sabe cuánto te amo, Anastasia, quisiera poder desearte que seas feliz, pero no puedo. ¡Me has traicionado, no eres más que una...! —Y sintiéndose incapaz de continuar la frase, dejó caer unas lágrimas.

—Sé que merezco cada una de tus palabras, pero también sé que hice todo lo que pude para luchar contra lo que sentía, aun antes de saber que ustedes eran amigos. —Se quitó el anillo y extendió su mano para entregárselo—. Créeme que lo último que quería era lastimarte. —Desmond lo soltó y Alexander recibió el anillo—. Espero que algún día nos puedas perdonar.

Alexander se nos quedó viendo en silencio, ya no lloraba, su mirada estaba cargada de un odio feroz. Apretó fuertemente el anillo que sostenía en su mano y, acto seguido, nos dio la espalda y se marchó en su auto.

Me llevaron a un hospital y después de corroborar que no me había roto ningún hueso, me dieron algunos analgésicos y me enviaron de nuevo a casa. Mi hermano y su esposa tuvieron que regresar al trabajo, pero Tati permaneció en todo momento a mi lado.

—Tienes que ir a hablar con él —le dije, mientras tomaba asiento en el sofá—, tengo miedo de que haga una locura...

—Tom... pero no te entiendo, ¿qué le voy a decir? Creo que ya le dejamos muy claro que nos amamos. —Solté una bocanada de aire—. Lo mejor es dejar pasar algunos días, esperar a que se calme, y hablar como personas civilizadas.

—Tati, por favor —supliqué—, necesito saber cómo está, la angustia me está matando —Enredé mis dedos en el cabello—. Quería decirle la verdad a Alexander de cómo se dieron las cosas entre nosotros, pero lamentablemente se enteró de la peor manera.

—Tom, no te tortures, de una u otra forma su reacción iba a ser la misma, ¿qué esperabas, que nos agradeciera por decírselo de una manera dulce y tierna?

—No... pero me hubiese gustado ahórrale el mal rato de vernos así, tomados de la mano, y riéndonos mientras él nos esperaba en el hospital... —Solté un suspiro—. Yo... yo me siento tan culpable de todo su sufrimiento.

—Tom... ya hemos hablado de eso, esto no es culpa de nadie —replicó, e iba a continuar, pero el sonido del timbre la interrumpió.

Ella se levantó a abrir la puerta, y como si fuera suficiente para mí, resultó que se trataba de Mía. La pelinegra se nos quedó viendo con un semblante lleno de confusión, e ignorando a Tati, se me acercó.

—¿Qué te pasó en la cara, Tom? —preguntó con asombro al ver mi rostro lleno de golpes.

—No fue nada, solo una pelea —respondí, dirigí mi vista a donde estaba la rubia y agregué—: Por favor, Tati, ve a verlo, yo necesito hablar con Mía.

Tati tensó la mandíbula, tragándose sus palabras, y salió por la puerta principal.

—Tom, fui buscarte en tu trabajo y no te encontré... ¿qué hacías con esa mujer aquí? —continuó Mía, sentándose a mi lado—. Acaso me estás...

—Mía, perdóname. —Sus ojos se tornaron vidriosos—. Yo nunca quise hacerte daño, pero esto se escapó de mis manos. No puedo seguir sosteniendo una mentira.

—¿Qué me estás queriendo decir?

—Mía, estoy enamorado de Tati, amo a Tati.

—Tom, ¿y yo?

—Tú... —suspiré—, tú eres una persona maravillosa, y de verdad pensé que podía intentarlo de nuevo contigo, pero esto no resultó.

—¿Vas a quitarle la novia a tu mejor amigo? —preguntó, movida por la rabia, sabía perfectamente cuanto me dolía lo que estaba diciendo—. ¿Vas a arruinar tantos años de amistad por una simple mujercita que tal vez ni siquiera te quiere? —Me quedé en silencio, atormentado por sus palabras, y ella arrepentida de su actitud, agregó—: Tom, por favor, no lo hagas, Alexander no se merece esto.

—Mía, Alexander ya lo sabe.

—¿Qué? —No pudo evitar la sorpresa—. Claro..., ahora entiendo, fue él quien te golpeo, ¿verdad? —Asentí—. Entonces —su voz comenzó a temblar—, ¿me dejarás definitivamente?

—Mía, no me odies, por favor —le rogué—, eres bellísima, cualquier hombre podría amarte, sé que tarde o temprano encontrarás alguien que de verdad te ame.

—Claro, claro —dijo con ironía—, típico de los hombres decir eso cuando te terminan. —Se levantó del asiento—. Pero a pesar de todo no te odio, no soy quien para hacerlo, al fin y al cabo yo también te hice daño, podemos decir que ahora estamos a mano.

—Esto no fue una venganza.

—Lo sé, Tom, solo fue justicia —me dedicó una sonrisa llena de melancolía—, ojalá que de verdad puedas ser feliz con ella, y no te arrepientas de lo que acabas de hacer. 

CHICAS INTENTARÉ ACTUALIZAR EL VIERNES NUEVAMENTE

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CHICAS INTENTARÉ ACTUALIZAR EL VIERNES NUEVAMENTE

Bajo el cielo de LondresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora