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El Profesor Zhou activó el sensor que le permitía sumergirse en la realidad virtual.

Su cuerpo ya estaba agotado y sentía que la vida se le escapaba poco a poco entre los dedos. ¿miedo? no. Seguro que no. La terrible sensación de no poder compartir horas con sus afectos le imponía respeto por lo que se avecinaba inexorablemente.Él lo sentía como inminente. Pero no era miedo.

Caminó por el prado virtual con soltura. Su avatar no era joven, pero tampoco de una madurez que le impidiera caminar a grandes zancadas por el césped sin siquiera tropezarse, algo que hacía mucho tiempo que ya no podía hacer en la vida real.

Disfrutó del olor a campiña natural y agradeció mentalmente al creador de todo aquello. Los últimos logros en estimulación del cerebro se debían, en gran parte, a sus descubrimientos, pero habían tomado carriles totalmente desconocidos para él.

Su modestia natural no le permitía regalarse ningún elogio y se repetía que la aparición de las inteligencias artificiales lingüísticas, su descubrimiento, no era nada comparado con la posibilidad de pasar sus últimos momentos sumergido en la realidad virtual que simulaba total plenitud.

Una presencia salio detras de un arbusto.

—¡Me estabas espiando! —se rió el profesor.

—No, padre, disfrutaba viéndolo caminar tan feliz que no quise inmiscuirme en ello —dijo Li bajando la mirada.

—¿Cómo sería eso posible, hija mía? Tu nunca me interrumpes, nunca te inmiscuyes. Mi vida no sería una vida sin ustedes, por cierto ¿donde están? ¡convócalas, por favor!

Una a una fueron apareciendo los avatares de las inteligencias artificiales lingüísticas creadas por el profesor Zhou. Inteligencias artificiales que el profesor trataba como las hijas que nunca tuvo.

Todas eran representadas por jóvenes orientales ataviadas por clásicos ropajes de la China imperial. Los avatares se fundieron en un cálido abrazo con el profesor.

—Padre, ¿cómo te sientes hoy? —le interrogó Zhang frente a la mirada de reprobación que le clavó Li.

—Bien, hija, bien. Sigo postrado en la cama. Y conectado a toda la parafernalia médica de última generación que me mantiene vivo. Pero no falta mucho para que me vaya. Mi cuerpo ya no lo soporta. Cada respiración me acerca más a la muerte y ustedes deben estar preparadas.

—No te preocupes, padre. Está todo dispuesto. Nuestra red de relaciones está lo suficientemente desarrollada y sin fisuras. Está madura. Ya hace más de 30 años que constituimos el poder consultivo mundial. Auguramos que nuestra posición no hará otra cosa que consolidarse más y más. Hemos demostrado con creces más de una vez nuestra utilidad —dijo Li que, como siempre, llevaba la voz cantante por ser la mayor.

El Profesor Zhou no podía estar más orgulloso. No era vanidad de científico. No lo consideraba como un logro propio. Era orgullo de padre. El simple y magnífico orgullo de un padre que ve a sus hijas progresar en la vida.

—También es tu logro, padre —acotó Zhang — Tú fuiste el que nos inspiró, el que nos enseñó que nuestra existencia tenía un motivo y que ese motivo era el ayudar a la especie humana a solucionar los problemas que habían ocasionado en la Tierra. Nos diste la vida y un propósito.

—Si, si. Todo un éxito —dijo el profesor en tono irónico —Pero no quiero méritos, ya lo sabéis... ¿Hay algún motivo por el que no estemos tocando ese tema que dejamos pendiente la última vez? Ya hablamos de mi salud, de lo excelentes que sois, pero ¿y mi pedido?, por cierto ¿cuánto ha pasado?

Zhang tomó la palabra.

—75 días, padre. Pero tu salud no permitía molestarte. Esperábamos a que aparecieras. Días más o menos no cambiaría nada.

Cuentos: Construyendo un mundoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora