Capítulo 30

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PERDÓN NIÑAS, SEGÚN MI CEREBRO ERA DOMINGO, EL PUENTE, LO SIENTO. PERO AQUÍ ESTA SU CAPÍTULO:

Blake estaba completamente dormida en los brazos de su marido. Había ido a buscarlo hacía más de una hora, encontrándolo leyendo tranquilamente en uno de los cómodos sofás del despacho. Era sorprendente que no estuviese en el campo o enfrascado en cuentas, por lo cual, aprovechó la oportunidad de sentarse en su regazo y dormir una pequeña siesta. Después de media hora más, ella se removió perezosa y sonrió cuando abrió los ojos y se topó con la intensa mirada ambarina de su marido.

—Hola.

—¿Una buena siesta?

—Sí, deberías ser más tranquilo y dejarme dormir en ti.

—Claro, parece buena idea —dijo irónico, regresando a su libro.

Blake se sentó correctamente en las piernas de Calder y miró hacia la ventana recordando que Helen ya cumplía los nueve meses, la había visto justo antes de ir con su marido.

—¿Estás preocupada por ella?

—Sí —suspiró, recostándose en el hombro de su marido—, es tan joven.

—Estaremos ahí para ella.

—Lo sé, pero ni siquiera deseaba tener ese bebé, la obligamos.

—Tampoco íbamos a permitir que perdiera su vida con la mujer que se encargaría de sacarle al niño del vientre.

—No, tienes razón. De todas formas, no siente el instinto materno.

—¿Qué sugieres entonces?

—No lo sé, quizá cambie de parecer cuando tenga a su bebé en brazos.

—Puede ser, por ahora de la que estoy al pendiente, es de ti.

—Bueno, gracias, pero yo estoy perfecta.

—Espero que...

—¡Capitán! ¡Capitán! —gritó de pronto una doncella— ¡Mi lady! ¡Lady Blake!

Blake se puso de pie en seguida, al igual que su marido.

—¿Qué ocurre? —salió Blake a todas prisas.

—¡Señora Blake! ¡Helen está dando a luz!

Blake volvió una mirada preocupada a su marido y salió corriendo detrás de la doncella quién ya había avisado a otras cuantas que llevaban consigo pañoletas, agua caliente y demás instrumentaría que la dueña de la casa había pedido para cuando llegara el día.

—Blake —la tomó del brazo su marido—, es demasiado para ti, estas embarazada también.

—Tengo seis meses, puedo con un parto.

—Por favor, deja que llamemos a una partera.

—Puedo hacerlo Calder, no me desacredites.

—No lo hago amor —le tomó el rostro—, compláceme en esta ocasión.

Blake se quedó anonadada por la forma cariñosa en la que le habló. Él jamás empleaba la palabra "Amor" si no iba remarcada con un sarcasmo profundo, en esa ocasión no había sonado así y en sus ojos color miel, la preocupación era imposible de ocultar. Sabía que él la cuidaba de más por el aborto anterior, le decía una y otra vez, que no soportaría verla destrozada de nuevo.

—Bien.

—Gracias —le tocó la mejilla y vociferó—: ¡Loren! ¡La partera!

—Sí Calder, la he mandado llamar en cuanto supe.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!