Parte I.

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Me llamo Arabella.

Rabel para los amigos, si los tuviera. Claro.

Nunca he tenido amigos. Soy un bicho raro, como quien dice. Mi cabello es largo y rubio. Mis ojos grises y apagados. Además pecas salpican mis pómulos. Soy muy rara.

Llevo 248 días y 5 horas encerrada en una habitación blanca y acolchada. ¿Es de noche? ¿Es de día?

Llevo... muchas horas mirando un punto insignificante en la pared que tengo delante.

No puedo mover los brazos. Al principio era incómodo, pero ya me he acostumbradado a la camisa de fuerza.

Desde entonces ya no me hago heridas con las uñas ni me tiro de los pelos.

Parezco tranquila. Lo estoy. Son esas pastillas rojas que me obligan a tragar los dos enfermeros de siempre.

Sí, ya sabes de quien te hablo. No te hagas el tonto. ¿Cómo que no? ¡Que sí te digo! El moreno de mirada perdida y cuerpo musculoso. Y el pelirrojo de ojos azules.

¿Es una persona real? Nunca he visto a nadie así.

Me gustan sus ojos. Son profundos y claros. Grandes. Son bonitos.

Me gustan sus ojos. Los quiero.

El peso vence a mi cabeza y cae a un lado del hombro.

A veces escucho voces.

En realidad nunca he dejado de escucharlas.

Me pedían que hiciera muchas cosas malas. Al principio las ignoraba. Sí.

Mamá decía que era mayor para inventarme esas cosas y papá se enfadaba si lo decía.

Así que crecí intentando ignorarlas.

Todo está en silencio. ¿No te parece bonito? Sólo escucho mis pensamientos, las voces y el corazón latir.

Pom-Pom. Pom-Pom. Pom-Pom.

Es tranquilo. ¿Cómo sería tenerlo en las manos aún latiendo?

No seas estúpida.

Es verdad. Tienen razón. ¿Cómo sería rajar de esternón a pubis a alguien?

¿No te parece curioso?

¿Cómo sería clavar el cuchillo en la piel de esa persona y deslizarlo suavemente? Escuchando la piel al abrirse paso bajo la fina y afilada hoja del cuchillo.

¿Cómo sería tocar esa sangre fresca?

Aunque más que fresca sé que está caliente.

¿Por qué?

¿Te lo preguntas?

No. La verdad es que no. Lo sé porque lo hice. Y lo disfruté.

Sentí el cuerpo estremeserse hasta su último aliento. ¡Oh Dios, qué momento!

No le conocía. Ni él a mi. Pero fue muy bonito.

¿Crees en el amor? Yo sí.

Y no hay nada más bonito y loco que el amor entre Homicida y Suicida. Yo mataré por él. Y él morirá por mi.

¡Y no estoy loca! No señor.

Disfruté. Lágrimas saladas recorrían su rostro a medida que comenzaba a bajar el cuchillo. Cuanto más saladas, más terror ¿No crees?

No podia gritar. Pobre... ¿por qué no podía?

Te divertiste no dejándole gritar.

¡Gran verdad! Se oponía a abrir la boca. Pero lo conseguí. Conseguí meter el cuchillo. Conseguí quitarle la lengua.

¿Le comió la lengua el gato?

Sí... eso es. Algo así. Sus ojos ¿miel? estaban muy dilatados. Eran preciosos. Tenían miedo, muchísimo miedo.

Avecinaban la muerte y se negaban a creerlo.

Sonreí. Qué bonita estampa. El dolor le hacía retorcerse pero en un momento dado se detuvo. Ya no se movía. Ya no emitía sonidos extraños ni se quejaba. Ya no intentaba gritar. ¿Qué le pasaba a mi juguete?

Ya no funciona. No tiene pila ¡O vida! —se reían—. Pero podemos seguir jugando.
¿Probamos?

Volví a sonreír. Yo no solía hacerlo. Pero cuando veía sangre mis cominuras se levantaban tanto que dolía.

Qué bonito era deslizar las manos por su abdomen. Era excitante sentir la sangre emanar lentamente pero sin cesar. A borbotones. Notar la raja de su cuerpo.

Sentir su textura diferente al agua y demás líquidos. Sí.

La sangre es exitante y sensual. Da igual lo que digan los demás.

Verla gotear o salir a chorros es emocionante y divertido.

Las voces siempre tienen razón. Dijeron que me gustaría y fue verdad. Me gustó desangrarlo corte tras corte y tras corte.

No había nada como aquello. Pasar delicadamente la hoja del cuchillo por su brazo y que de éste empezaran a salir, antes que nada, bolitas de sangre que corrían a unirse con las demás para formar la línea.

No una línea. Sino la línea de sangre.

Cuando me detuve y vi lo que había hecho me asusté. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué?

¿Y las voces dónde estaban? Iban y venían.

Pero éste estado se pasaba pronto.

Si ellas no me hablan me siento culpable.

¿He dicho que me gusta la sangre? No estoy loca. Una loca se hubiera vuelto... loca. Yo hice todo en tranquila normalidad. Estoy cuerda.

Sólo un loco dice que está cuerdo.

En ocasiones son molestas. Pero no importa. Saben lo que me gusta.

Me dijeron que me gustaría cojer su corazón. Y fue verdad.

¡Qué pequeñito era! Entraba en mi mano sin problemas.

Escupía sangre y era bastante duro si lo tocaba bien. Siempre creí que los corazones eran carne roja blanducha y asquerosa. Pero no, eran duros hasta cierto punto.

Su forma rara me hacía sonreír.

Era precioso.

Y lo guardé. Si su corazón pertenecía a otra persona, ahora yo lo había robado.

Literalmente.

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