Capítulo 4: Festival de paranoias

16 5 0

Tan cómico. Una risa falsa se escapaba de entre sus labios. Las penumbras presionaban cual tentáculos indecisos, arrastrándose a través de su cuerpo mientras sus pegajosas ventosas trataban de arrancarle la piel. ¿O eran sus propias uñas en busca de cuajar su rostro? Tampoco le interesaba. Dentro de poco, un festival de vértigo se diluiría con sus alrededores, quitándole todo lo que su interior poseía sin siquiera preguntar. Una cáscara moribunda en el colchón era lo único que le impedía librarse del aplastante yugo de su enfermedad.

No podría hacer nada. Noche tras noche, día tras día. Todo era un festín de dolencias, quejas y mierda. Cuando quería salir, se chocaba con alguno de esas dos facetas. Cuando no era el vacío, era la maldita paranoia, esa inyección de energía que no le dejaba mantener un músculo quieto. Y si no era ninguna de esas dos, el océano asfixiante de la vida lo zarandeaba, le quitaba los pocos hilos de compostura que aún conservaba, y con ellas tejía una cuerda con la medida exacta de su cuello.

La luna era un paisaje que añoraba. En solitario, lejos de los problemas de la vida; inhóspita y difícil de alcanzar, reunía condiciones más que necesarias para él. No le interesaba morir ahogado en la infinidad del universo, tampoco tener que llevar un traje a cuestas durante toda la estancia. Y sin embargo, lo más cercano a aquello era su habitación. El colchón que le ofrecía apoyo era casi lo más cómodo, sólo por debajo de la almohada que robó a un sujeto rico hacía un par de años. 

Escuchó el sonido del ventilador, y se sintió extraño. Por lo general, no era capaz de oírlo sobre las chillones voces que causaban tormento en su cerebro noche tras noche. Esos ingenios nefastos que sólo le señalaban una única salida.

Y a veces, saltar desde el techo del hogar para romperse la cara contra el cemento o arrojarse dentro del aljibe en el patio hasta parecía buena idea.

Tic tac, imaginaba un reloj. Le parecía extraño que no se encontrara cohibido o anonadado; pudo incluso pensar en cómo las agujas se movían, produciendo su característico chasquido. Los párpados se le pegaban, tan pesados como un par de yunques. Y tras un sobresalto, todo fue claro. Ellos no estaban. Los tentáculos adhesivos se transformaron en la brizna del ventilador, acariciándole con una cautela impresionante. Todo se veía tan claro, tan normal. Tal vez estaba pasando por otro episodio maníaco, pero no le importaba. No tenía fuerzas nuevas, pero estas no se escapaban como siempre.

Apretó las sábanas con fuerza cuando pudo escuchar una voz suave a través de las cuatro paredes. No podía reconocerla, era incapaz de tantear un significado en el complicado cordón de murmuros y sollozos. Pero lejos de asustarse, volvió a echar la cabeza en la almohada. Repitió el mismo ritual de todos los días. Mirar al techo vacío para recordar aquello que tan poca gracia causaba. Sí, tan divertido. 

Volvió a cerrar los párpados luego de un rato. Era obvio que las paranoias comenzaban, pero nunca fueron tan vagas, tan poco amenazadoras. Ahora las percibía con un acercamiento pasivo, calmo e igualmente escalofriante. Después de atestiguar la oscuridad en sus ojos, trató de imaginar, de calcular por qué todo parecía real y no una espiral catalizadora de sensaciones pésimas y aplastantes. Podría estar soñando, puesto que las pestañas que hasta hace poco le pesaban no tenían dificultad alguna para abrirse de par en par y atestiguar los tonos azulados en el dormitorio.

Largo rato duraron los sollozos, que parecían suplicar y lamentarse. Adriel sentía en sus entrañas que la fantasmagórica voz sufría por algo, aún a pesar de que todo emulara las atípicas sensaciones de paranoia que solían invadirlo durante el día.

Anonadado. Reposando en el colchón viejo. Las pupilas vacías. El estómago se estrujaba y revolvía. La habitación vacía, pero llena de desorden. Los manuscritos sobre el escritorio, la mochila yacía a un lado de la puerta, conteniendo carpetas maltrechas. Él no se movía, aunque todos sus músculos así lo desearan a causa del acallo de los murmullos, con un silencio sórdido y contundente.

Se sentía extraño. Ellos no aparecieron, nadie había para obstaculizar los azulados tintes que la ventana sin cristal permitía ingresar. Volvió a percibir el insistente ventilador, con un ruido leve y el tintineo que el latón producía al rozarse al girar las aspas. Opacaba el silbido de un temeroso viento nocturno que no traía más que oxígeno para renovar el ambiente. Incómodo, incomprendido y descolocado, no fue capaz de controlar un mísero dedo cuando un susurro se estiró atravesando sus tímpanos, cortante y frío como la escarcha afilada del hielo.

Era tan real, y a la vez, fantástico y fantasmagórico. Las palabras repecutieron dentro de sus sesos, evocando las sensaciones que sufrió esa misma mañana con escalofriante precisión. Algo que imitaba la perfección reveladora de aquellas palabras sobre la mesa en un colegio nefasto.

—No estás sólo —resonó el eco, mientras un escarmiento escaló por la columna de Adriel—. De nada.

Inmovilizado, sostenía su cordura en vilo. Tenso cual cuerda de arco trató de voltearse, pero unos finos dedos aterciopelados retuvieron los hombros del joven. "Una alucinación", se repetía para sí, tratando de acariciar la realidad en una fantasía distorsionada. Y todo volvió.

La mirada perdida, el cosquilleo en todo el cuerpo, el agarre de algo desconocido. Todo era igual. Sólo otra noche de sufrimiento. Sólo otra falta de palabras. El viento se movía de aquí para allá. Los murmullos no se detenían. Los dedos aterciopelados se transformarían en tentáculos otra vez. Eso pensaba. Eso creía. En eso depositaba su fe.

El tic tac imaginario del reloj nunca se detuvo. A veces las manos que no veía le acariciaban la cabeza, como si una madre acariciara a sus descendientes con cariño. El ventilador tampoco se cortó. De vez en cuando, sentía el roce de algunos cabellos finos por su cuello. 

No le impresionaba. Su mirada ce centró en las aspas del ventilador, invisibles por sus constantes revoluciones. No era real, nunca lo fue y nunca lo será. Menos cuando dejó los hermosos contenedores de felicidad abandonados. ¿Hace cuánto no usurpaba una y se lo hundía en la garganta con fuerza?  ¿Hace cuánto soportaba su sufrimiento? ¿Hace cuánto vivía la realidad?

Torció el mentón hacia los manuscritos, y obtuvo las respuestas. Fracasos, tras fracasos, tras fracasos. Letras ignoradas, historias olvidadas. Y todo era lo mismo, una cosa de la que jamás escaparía. No estaba sólo, ¿verdad? Tenía a... Lo recapacitó. Ni siquiera podía tantear el nombre de su única "amiga" con los labios, y se sintió fatal. Exasperado. Aislado.

Los ojos se tornaron cristales sin motivo. Las raíces de un sauce se arraigaron a su tráquea, la boca con labios anchos no pudo más que abrirse para dejar pasar las hojas caídas en una espiral digna de los auténticos decadentes de su generación. Las guerras, la catástrofe, los muertos, tal vez sí eran su culpa, tal vez debió hacer algo además de ser un recién nacido abandonado a su total suerte.

Después de todo, todo era un festival de paranoias. Sabía que nada estaba ocurriendo, que todo estaba en su cabeza, pero al tratar de gritar por ayuda nada egresaría de su boca. Trató cada vez más fuerte, hasta que sus párpados trataron de separarse en lo que él consideraba una realidad alterna, distanciada de cualquier cosa. El jarrón morado apareció de improviso sobre el escritorio, y todo se esfumó de un golpe.

Excepto la frívola mano que le sostenía, como si deseara quedarse junto a él y no desaparecer.

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!