Capítulo 3: Una noche ajetreada.

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Sentado en la mesa, los zumbidos de una mosca perforaban sus oídos. No había nadie más. El sol allá afuera se había escondido hace un par de horas, pero Adriel continuaba sin encontrar una respuesta certera al bamboleo insoportable que sufrió por la mañana. No era la primera vez que ocurría, pero ese episodio fue diferente, corto y conciso.

Como si él no estuviese en su propio cuerpo.

No tenía memoria alguna de lo ocurrido, y a causa de ello, el tenedor que sostenía se le resbaló de los dedos.

En vez de recoger el utensilio para continuar ahogándose en la ignorancia de los alimentos y el estómago lleno, atestiguó sus dedos. Resecos, llenos de piel muerta como callos recién formados, y tensos como la cuerda de un arco, tiritaban.

Apretó el puño, para luego tomar un profundo respiro. Echó su larga espalda sobre el arduo respaldo de madera y surcó las grietas en el muro turquesa de la cocina con la vista. Era el único en la habitación que estaba a plena vista, sin muebles ni obstáculos significativos. Mientras le seguía el contorno a las pequeñas brechas en la mampostería, pensaba. No comprendía nada, y tampoco creía intentarlo. Había recuperado la "consciencia" justo después de la hora de ética, pero todas las respuestas que él escribió fueron totalmente racionales. Ni un punto menos, mucho menos la falta de una coma. Podría decirse que era la evaluación más limpia de su vida.

Bajó las manos y las apoyó sobre sus rodillas. El plato de fideos blancos con manteca se enfriaba, pero el fino y anudado hilo de sus raciocinios deliraba por aquí y allá. "Pudo ser otro de esos ataques" dedujo en un principio, pero era imposible. Siempre que algo así ocurría, todo lo que escribía era carente de significado hasta una posterior edición. Eran sentimientos puros que no cumplían con ninguna regla gramatical, llenos de erratas y bazofias. Cosa nada concorde con la prueba que presentó. "Tal vez me dormí después del examen" contempló. Pero nada ni nadie pudo confirmar eso. Además, eso no explica la extraña caligrafía en su hoja.

Agarró su cabeza con ambas manos, exprimiéndola en busca de respuestas mientras apretaba los ojos y arrugaba la nariz. 

"Una broma, eso es."

Tampoco. Lo hubiera sentido a la milla y media, además de que aquello no explicaría tal pérdida de memoria. Un último punto para resaltar era que él mismo sostenía la lapicera rota al momento de recuperar la razón, y era la misma tinta negra que siempre usó. Largo rato pensó, mientras que el plato de alimentos que tenía delante se enfriaba. No pudo encontrar una respuesta lógica en solitario, y por momentos sentía que la época vacía se aproximaba. Poco a poco, arrastró su cuerpo a duras penas hacia el baño. Las cerámicas beige se entremezclaban con las tuberías blancas y lavabos pastel, algo más que usual en las viejas casas de la zona.

El tocador, con su espejo fracturado por cierto "incidente", reflejaba su rostro en trozos. Las ojeras negras, los párpados entrecerrados y la expresión alargada de su rostro ya le indicaban que tendría otra de "esas noches"; en las cuales nada importaba más que tomar una pastilla y rezar a cualquier Dios que el vacío no aplaste un cuerpo moribundo. Abrió la compuerta, y allí estaban. Las pastillas, con un rojo carmesí tan avivado como la sangre, le aguardaban dentro de un frasco azulado fabricado especialmente para mitigar su brillo. 

Otro dilema se abrió. ¿Ingería la apestosa sustancia o trataba de pasar aquello por su propia cuenta? No podría levantarse al día siguiente, tampoco dejarlas de lado y sufrir toda una noche. Cazaría sus más alocados sueños o se contentaría con la felicidad encapsulada. Trataría de dejar aquello de lado o sucumbiría a una vida más fácil. Todas eran decisiones que apestaban, pero aparecían cada vez que la compuerta del tocador se abría por su mano. A veces deseaba tener todas juntas para que su problema se fuera, pero nunca sirvió. Ya una vez lo intentó, y lo que él consideraba la solución a todos sus dilemas se transmutó a una especie de limbo repugnante y asqueroso, donde todo era negro y no había nadie más que un sujeto barbudo.

Su mano derecha estaba a mitad de camino. Las fuerzas le flaqueaban, y su cabeza producía un bamboleo irregular que parecía imitar sus pensamientos. De lado a lado, las olas de impulsos eléctricos tenían un gran peso sobre su cuello; hasta que dio otro suspiro. 

Se irguió, aunque poco duró el impulso. Cerrando la tapa, volvió tambaleante hacia su cuarto. Las paredes le amenazaban con una oscuridad que reconocía con facilidad, y apoyando su palma en una de esas, se guió hasta su cuarto. Un pozo, dos pozos, y esa era. El picaporte, redondeado y con un gran peso, daba lugar al desorden de su cuarto. El pantalón del uniforme estaba desparramado en el respaldo de la silla, la mochila yacía en la cama, luz tenue de la luna ingresaba por la ventana; que era un simple boquete en la pared.

Las leves caricias del ventilador le dieron una pizca de fuerza para arrojar el zurrón a cualquier lado, sin importar en lo absoluto su destino. Tal vez golpearía su armario, pero sus brazos ya tenían la puntería afinada hacia un sólo sitio, la puerta. Aquél trozo de madera poco hizo ante el brutal impacto, con excepción de cerrarse a duras, durísimas penas.

Echado en la cama, con los ojos hacia el techo y las manos en el pecho, trató de dormir lo más rápido posible. Sin embargo, lo que más temía le carcomió la mente poco a poco.

 Hay veces en que las palabras nunca alcanzan a describir una sensación, hay otras en las que pocas son necesarias, y unas muy contadas que necesitan una sola. Pero hay una única sensación que él nunca pudo poner en palabras, y era precisamente la que invadió su ser.

La nada es la ausencia de todo. Y no hay mejor expresión para un alma triturada que el mero silencio.

...

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!