Capítulo 2: Vacío

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La puerta de roble que daba ingreso al hogar se abrió para dejar el camino despejado. Afuera aún se detectaban los retazos de la catástrofe, pero a él no le interesaba esos pedazos de historia olvidada. Las grandes edificaciones abandonadas por poderosos empresarios se tornaron los primeros albergues por la facilidad de defenderlos. Las calles eran vallas tras vallas de fortificaciones desechadas, con algunos cartuchos correspondientes a escopetas y rifles aún decorando sus estrechas veredas. 

Caminó bastante, lo suficiente para que las retahílas de añejas batallas y catástrofes se dispusieran a ser un simple fondo a su paso.

A éste joven encapuchado poco le interesaba. Aún cuando fue capaz de estudiar la noche anterior, sus entrañas le advertían que algo faltaba. Su mirada perdida en las penumbras de la capucha causó que se detuviera. Anonadado, fue capaz de mantenerse en pie, pero nada más. Sólo sentía que el mundo le atravesaba con una lanza invisible a través de su corazón de piedra. Los hilos de raciocinio que componían un hueco cerebro dejaron de responder. Sólo podía ser testigo de lo que pasaba alrededor. La luz del sol tempranero se reflejaba en montículos de escombros por aquí y allá, deslumbrándole.

Se sentía de piedra, del mármol más fiero y enmohecido. Seco como la arena, inamovible como el océano. Todo duró horrores. El tiempo se transformó en una rana indecisa, estirando su lengua para pescar pequeños insectos insignificantes que venían en forma de sonidos. Él no pudo reconocer nada más que eso. Recordó el paisaje que avistó antes de despertar, y se sintió una cáscara desechada a la espera de ser arrojada. No lo podía exteriorizar. Su rostro sereno, las manos calmas y un cuerpo idéntico a un cadáver colgando eran todos los indicadores de una sensación repentina. Sin saberlo, se perdió.

Poco a poco un chirrido agudo, como un arañazo sobre pizarras añejas, escalaron por sus oídos. Todas las imágenes en su cabeza eran confusas. Podía sentir su mano recogiendo algo y escribir, pero no sabía qué o cómo. Menos que menos distinguía las letras. Los callejones entre edificios altos se transformaron en pasadizos entre bancos, y un incómodo asiento de madera le ofreció un reposo. 

—Hola, ¿Hola?

Se sobresaltó. Su mirada de auténtica confusión causaron más y más preguntas que no pudo responder. Le rodeaban varios escritorios, tenía la pizarra delante y una chica de su edad tratando de conversar con él. Los rayos del sol ingresaban por las ventanas a su izquierda, molestando a sus malacostumbradas pupilas.

—¿Adriel? Hey, heeey...

Se frotó la palma de la mano en la cara para comprender mejor su entorno inmediato. Sin lugar a dudas, estaba en su colegio. Lo que era tal vez su única amiga, Agustina, estaba con los brazos sobre el escritorio, intentando llamar su atención a como diera lugar. Él abrió su boca, pero ningún suspiro escapó de entre ellos. Tenía tantas preguntas que no podía formular una sóla.

—¿Qué te pasa?

Adriel sacudió la cabeza, suspiró, y echó otra mirada alrededor. Estaba seguro de que ese era su colegio, pero aquello le parecía una irrealidad repugnante. 

—¿Qué hora es? —Atinó a preguntar Adriel, intentando recuperar su semblante indiferente.

—Te lo acabo de decir.

—¿Eh? —Con sus ojos abiertos como platos, trataba de recuperar algún dato que fuese capaz de ayudar en esos instantes.

—¿Estás bien? —Agustina comenzó a preocuparse. Jamás vio a Adriel en un estado tan incomprensible.

Adriel tomó una bocanada de aire, mientras confirmaba que su mano sostenía una pluma vieja. Negó con la cabeza, y sintió sus entrañas revolverse otra vez; causándole un dolor insoportable. Agustina salió en búsqueda de un profesor, dejando a su suerte al confuso adolescente. Él tanteó su cabeza para encontrar con sorpresa que no llevaba la capucha puesta. Eso quería decir que su horrendo cabello de anciano estuvo expuesto a quién sabe quién, revelando al asqueroso ser que se escondía bajo la tela verde.

Intentó poner pie en tierra. Leyó la única frase escrita sobre el papel que tenía delante, algo que ni siquiera se asemejaba a su horrenda caligrafía. Con unas letras redondeadas, finas y delicadas, pudo leer:

"De nada".

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!