Capítulo 1: Las ojeras

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La alarma volvió a sonar. Las persianas cerradas, sábanas desordenadas y las briznas que el ventilador viejo apenas expulsaba fueron las siguientes en su esfuerzo de despertarlo, aunque todas sus fuerzas resultaran en un rotundo fracaso. Él no quería despertar y verse arrastrado otra vez a una realidad sin sentido en lo que todo iba cuesta abajo, trepidando sin cesar hasta una muerte inevitable.

Seguía pensando, hasta que lo recordó. Hoy tocaba examen. Se puso de pie cual rayo, y corrió los infinitos borradores desordenados a un lado, dejando un espacio mínimo para que la carpeta roja pudiera apoyarse en la madera del escritorio. Indagó con brusquedad entre las hojas llenas de una caligrafía horrenda, hasta llegar al tema de ese día: Los Dilemas Éticos.

Repasó con la vista a los principales filósofos, y luego comenzó a tararear cual moribundo. La luz del teléfono era lo único que le permitía ver con claridad la tinta azulada en las hojas, puesto que el vago sol no estaba disponible tan temprano. Vio el nombre de Aristóteles, y una imagen de la infinita cultura griega pasó volando frente a él. Al menos esa sociedad sí era entretenida, rodeada de importantes pensadores y matemáticos de renombre, en una época de oro para la humanidad.

Leyó el primer párrafo que anotó:

"El filósofo Aristóteles pensaba que para que una acción sea..."

¿"Que para que"? Esa era una redundancia inaceptable. Pasó los siguientes minutos en búsqueda de una sustitución, "que para... que para..." dijo para sí intentando idear una mejor conjugación; tal vez fuese mejor volver en la frase e idear una mejor.

 "El filósofo Aristóteles tenía la idea de que toda acción" 

Se detuvo, analizando el pequeño hilo de pensamiento que se cruzó en su mente.

 Sí, eso sonaba mucho mejor.

Tachó las palabras, y colocó la frase que él pensó sería más correcta. Acto seguido, continuó la lectura:

"...de que toda acción podía ser juzgada sólo si esta se había ejecutado de manera voluntaria".

—El filósofo Aristóteles tenía la idea de que toda acción... —repitió para acordarse.

Lo siguiente explicaba cuándo una acción era consideraba como voluntaria. En síntesis, dedujo que sólo podía ser así cuando se cumplieran tres condiciones, la libertad, la intención y el discernimiento. Y apenas habiendo estudiado unos minutos, decidió dejarlo todo. Ya recordaría lo que debía en el momento indicado, puesto que sólo había tres filósofos y casi todos eran similares. Tal vez Kant, con su extraña regla moral, sea lo único que sea digno de estudios. Después de eso, estaba la ética utilitarista, algo que se dignó a despreciar puesto que su introducción resultaba similar a un orador comunista, dictando que "todo ser individual debía ceder su felicidad para alimentar el bienestar colectivo". Pura basofia, si todos cediesen su felicidad, el tendría putos padres y no debería estar haciendo todo a solas.

Todo era aburrido y carecía de sentido. ¿Para qué mierda le importaba lo que algunas personas muertas habían dicho? A nadie le interesa la ética, mucho menos ser buenos con los demás. Cerrando la carpeta, la arrojó a un lado de la cama y revisó sus escritos, con la misma mala caligrafía. Tal vez podría sacar algo bueno de esos retazos de papel sucios o deleitarse con algunas frases señaladas que había copiado de algunos otros autores. 

Pero esa madrugada nada funcionó. Las horas pasaron lentas, y él se vio obligado a seguir estudiando algo que no le importaba ni le importaría. Aburrido. Las paredes estrechas de la habitación sólo le indicaban que estaría resignado a ese estúpido lugar durante algunos años más, soportando las estupideces de la familia que decidió adoptarlo por puro capricho. 

El cenicero¡Lee esta historia GRATIS!